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Taberna La Parra: un alto en el camino

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Algunas viejas tabernas barcelonesas nos recuerdan el antiguo pasado de la ciudad amurallada. Es el caso de La Parra y Can Vilaró, la primera,  en el preindustrial barrio de Sants, la segunda, delante del mercado de Sant Antoni, en  una de las puertas principales de Barcelona. Hoy nos ocuparemos de la antigua Taverna la Parra y dejaremos para otro momento el reducto de los que se niegan a pasarse a un  brunch  que ni les va ni les viene, mientras haya cap i pota que llevarse a la boca, a eso de las 10 de la mañana, cuando los madrugadores del mercado y aledaños se sientan a almorzar con porrón y cubiertos.


La antigua taberna La Parra tiene ya 200 años de historia. Loa carruajes que iban y venían de la ciudad de Valencia hacían parada allí para reponer fuerzas. Atravesar caminos polvorientos, llevar vida de arrieros ( traginers, en catalán) tenía esos pocos privilegios: toparse con pequeñas casas de comida, lugares, donde al calor de una lumbre más o menos apañada, se reconfortaban hombres y bestias con perolas básicas y algunas carnes  que caían sobre un fuego de leña. No faltaba el porrón ni el pescado seco, la legumbre y la hortaliza que, de un manotazo o cop de puny, se dejaba aliñar para acompañar un “guardia civil”, un tomate  o una col y su rosta de tocino. Cocina popular, básica, alejada de las grandes casas burguesas y afrancesadas a las que acudía la otra Barcelona – siempre hubo más de una, que diría MV Montalbán-, sin callos, ni en la manos ni en el plato, sin nada más que hacer que especular mientras contemplaba  la maravilla del Passeig de Gràcia y su cuadrícula derecha.


Más allá de esos lindes, en La Parra ya servían cocina de producto  local y de temporada, una obviedad que ahora hay que indicar por exigencias del guión. Los troncos humeantes en la entrada, las bandejas de pan de coca con ristras de ajo y tomates de colgar  hacía que  los que allí acudíamos por primera vez, muy jóvenes y hambrientos allá por los 80, empezáramos a salivar. La carta llegaba de las manos de un tipo que se negaba a freír patatas- només al caliu- decía- en una especie de militancia culinaria,  pero en cambio, nos enseñó lo que era un buen xolis, una sobrasada de Menorca y un pà de fetge casero que quitaban el hipo, un braó de cordero guisado con trompetas de la muerte, un codillo a la mostaza, uns peus de ministre  amb seques, bacalaos conventuales,  y la joya de la corona de su terruño: el  menjar blanc.


El tipo, que diría un porteño, si mal no recuerdo, dijo venir de la tarraconense y tenía devoción por el Priorato, cosa que no le costó mucho inocular en almas tan tiernas como las nuestras.
Más de 30 años después, volvemos al pasado de la única manera que puede hacerse: rebuscando en la memoria del paladar. Se corre el peligro de la decepción, pues el sabor recordado es sublimado por el paso de los años, pero tiene un no sé qué nostálgico y dulce  que no podemos evitar, cayendo otra vez en la misma piedra.


Bajo esta Parra hemos hecho largas colas de espera, aún cuando los turistas no llegaban hasta aquí. Todavía sigue dando la misma sombra y tiene las mismas mesas desnudas. El pan llega calentito, los entrantes constan de embutidos como la bayona, las setas de temporada y un paté que confiesa haber preparado con higadillos de conejo, algunas verduras asadas y poca tramoya. La ensalada es colorista, pero ha encarecido su precio. El vegetal del siglo XXI es una delicatesen que hay que pagar. Yo prefiero un buen xató, (de Vilanova, of course) que el romesco me pierde.


Tampoco  ventresca no es un regalo del cielo, pero es bocadito de altura. Ya sabemos dónde han ido a parar los atunes en estas tres décadas, pero mi compañero de mesa, casi tan curtido como la Parra que nos guarece, tiene capricho de túnido ese día. Después de 30 años  llenando la nevera con otra  “Parra” tiene derecho a muchas cosas.


Nos dejamos la zarzuela, de las que presumía mi madre y Casa Leopoldo, el rodaballo al cava, casi arqueológico. Nos tientan los puerros confitados con queso de cabra o el blanco sobre blanco.
El cordero no conoce lo que es un ronner ni nada que se le parezca y depende del ojo del guisandero para quedar en su punto, pero como una servidora es amante de todo lo que bala, para mí ya está bien así. Aún tengo buena dentadura, porque me la compré cara. Gran desilusión cuando vi que había desparecido el menjar blanc. ¡Ahora que ya he leído el LLibre de Sent Soví!

 

Inés Butrón


Taverna La Parra
C/ Joanot Martorell, 3
08014
Telf.. 933 32 51 34
Precio medio 35 euros dependiendo del vino.