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EL TEMALa receta de Almadraba Park maridada con Collection Blanc de Perelada

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A medida que pasa el tiempo, algo que acontece a todo el mundo, incluidos los más jóvenes, más me cuesta someterme a las normas que hemos dado en llamar políticamente o gastronómicamente correctas.  No quiero dar a entender que estoy contra todas las normas, si no enfrentado a aquellas que nacen de la moda con la intención de devenir mandamiento.
Evidentemente lo tengo mal, o crudo, entendiendo este término lejano a la obligación de comerlo casi todo crudo, como aquellos patos que se zampaba Jack London cocinados 10 minutos al horno y que le dieron unos ataques de gota que no desaparecían ni con opio de Cantón. Así pues no pienso tragarme esas sibilinas mentiras maximalistas  que ahora ruedan por ahí. Una de ellas dice que no hay nada puro, ni alimento natural que lo sea. Totalmente de acuerdo,  porque hasta la mejor botella de vino divinamente cuidado y elaborado conserva las marcas de la radioactividad, desde aquel día aciago en el que la humanidad logró instalarse en la destrucción masiva.


He probado alimentos conservas y bebidas enmarcadas en una pureza virginiana y aun ahora lo lamento. Concretamente, un vino que no pude escupir, hubiera sido un delito ecológico, que me planteó hace unos meses un integrista de la tierra. Elaborado a la manera de Noé, con cuerno de vaca, estiércol y agua de rocío, todo ello agitado al ritmo de los planetas, resultó una experiencia terrible. Le faltaba, entre otras muchas cosas, la mano de un enólogo. Horrible vuelta a la naturaleza en plan madrasta. Contrapunto, si les ofrecen un Château Margaux 1982, no se dejen influenciar por el carbono 14 y bébanlo hasta el último sorbo. 


Es decir, muchos buscan el alimento bio con histeria, mientras que otros aseguran no vale la pena ser de tan fino morro, dado que lo bio es un concepto inalcanzable. Perfecto sofisma del que mamá industria, con los cocineros de su guardia pretoriana bien visible en los medios, nos jura que nada mejor que estas pastas, patatas, hamburguesas y salmones preparados por los sabios para nuestro gozo inmediato, rápido como una violación del paladar. Si el imperio de la mentira vale en la política, es lógico que tenga prolongación en los espaguetis que anuncia un zascandil de la cocina elevado a Papa por una audiencia embobada.
Tal como pintan las cosas, no nos va a quedar otro remedio que armarnos de criterios, tanto en política como en la mesa.

Miquel Sen

Editorial septiembre 2016