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EL TEMARomain Fornell, su receta maridada con el cava Gran Claustro de Perelada

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Luján, Cunqueiro y el Albariño [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Con motivo del veinte aniversario de la muerte de Néstor Luján y el homenaje que le ha rendido la Academia Catalana de Gastronomía, he podido leer comentarios que dibujan parte del perfil de un periodista culto, excelente conversador. Un escritor aun por descubrir.
Uno de los temas sobre los que puedo aportar precisiones responde al encabezamiento de un artículo de Julià Guillamon publicado en La Vanguardia. Hace referencia a un incidente no documentado en el que se criticaba a Luján. Se produjo en septiembre de 1963, cuando José María Castroviejo y Álvaro  Cunqueiro lo habían invitado a la fiesta del Vino Albariño que sigue  celebrándose en Cambados. A la vuelta de su viaje, en un artículo que escribió en la revista Destino, Luján da a entender que se denostaba la festiva comilona con la que concluyó el evento, en un tiempo de difícil acceso a la subsistencia. No van por ahí los tiros. De entrada, en tiempos del General Franco, nadie se atrevía a despotricar de un banquete presidido por las autoridades.
La verdad me la me la contó Luján como una divertida  confidencia. Resulta que a don Néstor, amante de los vinos blancos de Sancerre, los Albariños de 1963 no le volvían loco. Así que no se le ocurrió otra cosa que afirmar públicamente lo idóneo de la tierra y clima gallego para cultivar lúpulo y fabricar cerveza. Se armó la de Dios y Cunqueiro tuvo que emplearse a fondo  para calmar los ánimos. Luego se fueron a comer tortilla a Betanzos en una casa en la que idolatraban al escritor gallego.

 

Estas salidas de las sendas trazadas eran muy de Néstor. Estábamos de tertulia con Jordi Estadella en un hotel de la Cerdaña, cuando, cansado de  una perorata sobre la corrupción de los socialistas a cargo de  de un convergente con mando en la Generalitat, le cortó diciendo ¿y de la de los nuestros que nos dices?  Un periodista capaz de criticar la evidencia es ahora una rara avis, cuando es norma que los plumíferos escriban al dictado del poder. Era el Luján capaz de atreverse con el gobernador civil durante la huelga de tranvías, el mismo que me aconsejó no publicar una carta contra el rector de la Universidad de Barcelona, un malvado cuyo nombre no quiero recordar, diciéndome que no quería verme en la cárcel Modelo. Dos días después lo celebramos con el tercer Calvados de mi vida en el bar Sandor, donde me contó que su pesadilla periodística era Fraga Iribarne.  Al entonces Ministro de Franco le debemos mucha de la mejor literatura gastronómica, dado que Luján se refugiaba en ella para escapar del temido Tribunal de Orden Público.


Pero las facetas de carácter de Luján eran múltiples. Podía tirar un bolígrafo al suelo y patearlo, porque la ficha de la Guia  que estaba leyendo contenía un elogio a Santi Santamaria, el que fue 3 estrellas con el Recó de Can Fabes, enternecerse poniendo galletas a los pajaritos, sentirse obligado a desayunar un Cacaolat o, haciendo de Josep Pla, pedir a horas intempestivas una tortilla de morcón. Le molestaba la ruptura, Picasso. Era imposible que diferenciara en público, en privado era otra cosa, entre la cocina del teatral Maximin y la cuidada, evolutiva de Pierre Gagnaire. Solo podía calmar su ira dando mi acuerdo a que Senderens era la persona más antipática después del General de Gaulle.
Simultáneamente atesoraba unos conocimientos inmensos- literatura e historia- sobre la gran cocina francesa y un paladar finísimo del que no se escapaba la materia prima de segunda categoría.  Iba muchos más allá del Luján butifarrero que ahora muchos reclaman. Si se negaba a reconocer que el mundo gastronómico estaba cambiando era por miedo a que la calidad de los alimentos se  transformara en pienso para humanos.  Creía  que en el futuro la cocina para turistas de autobús pasaría por exquisita.  Luján temía la tragedia, porque la veía inevitable.


Miquel Sen