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EL TEMARomain Fornell, su receta maridada con el cava Gran Claustro de Perelada

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Un paso importantísimo para conseguir la libertad consistió en que la gente supiera leer, entre otros textos, la Declaración de los derechos  del Hombre y del Ciudadano. Pura pólvora que cambió el mundo. Lo escribió  Alejo Carpentier en su magnífica novela El siglo de las luces, en párrafos poéticos en los que describe la llegada de este texto prohibido a los esclavos de las Antillas.


Una vez conseguida la capacidad de la lectura, quedaba la de la libre escritura. Pensaba que las redes sociales, sin el yugo de editores y censores, sería otro gran salto cara a la expresión de los ciudadanos. Lo malo, y me refiero únicamente al ámbito gastronómico, el político da pánico, es que la lectura superficial, el guiarse solamente por la foto, ha establecido la dictadura del comentario potenciador del ego vacio ilustrado por los sefis suma de plato y cara. La otra cruz de esta desgracia es el juicio realizado sin criterio. O con el único criterio de ofender, sin haberse tomado la molestia de leer una línea.


Vuelvo al tema gastronómico. Hace unos meses se me ocurrió escribir sobre las distintas culturas gastronómicas que a unos nos llevan a comer gambas y otros insectos, para espanto de nuestras costumbres culinarias y las del vecino de unas fronteras más allá.  Evidentemente no me olvidé del más antiguo de los recetarios que se conocen, el Li-ki, dónde se da una fórmula ancestral y muy china de la cocina del hígado de perro. Mi artículo es, en este aspecto, clarísimo.


No he comido, ni comeré hígado de perro, ni preconizo darle cancha a ingredientes no asimilados por mi cultura gastronómica. Me ha llevado muchos años afinar mi paladar entre las cocinas de Europa, con incursiones en las de China, Vietnam, Japón y Latinoamericana para perderme ahora  en aventuras del gusto que acabarán fatalmente en la tapa de semen de mono. Otra cosa, tengo un afecto profundo por los canes, aunque prefiero los gatos, quizás porque no tienen amos, si no amigos con los que comparten la casa, que acaba siendo la del gato.


Sin leerse los  artículos, haciendo caso omiso a las recetas, dejando correr su bilis racista y sus faltas de ortografía, la legión de castradores se ha lanzado a la conquista de las redes. Ahí  va una prueba.

 

Pero hay mucho más. Si un cocinero de altísimo nivel me regala una receta que ofrezco a mis lectores, debidamente ilustrada, no falta el ataque de los trolls ciegos, incapaces de leer más allá de su incultura. Si aparecen en el plato de un maestro unas perlas de una mostaza de compleja elaboración, tal como se cita en el texto, pronto surge el comentario de esos guisantes sobran o de que en el restaurante se pasa hambre, olvidando que son 15 platos o más los que se sirven. Una imbecilidad que me recuerda la misma crítica sobre El Bulli. Un día calculamos con Juli Soler el peso de los ingredientes por comensal y llegaba al kilo. En los restaurantes de alta gastronomía no se pasa hambre.


El insulto, el comentario tontorrón sin pensar en la trascendencia de lo que se escribe, da pánico. Ya sé que se pueden ignorar los más ridículos,  o procesar a los autores de los más ofensivos. Pero lo que realmente alarma  es la cantidad de incultos, irreflexivos vacios que en número creciente asaltan las pocas web que pretenden informar seriamente. Vamos de cabeza hacia un mundo regido por los intolerantes. 


Miquel Sen

 Septiembre 2017