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EL PRESUNTO TEDIO DE LA OSTRA (Hemeroteca)
Por Antonio Vergara
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Antonio Vergara: Nacido en Valencia, lleva más de tres décadas ejerciendo la labor de periodista gastronómico, con una mirada a lo Far West. El cine y el jazz son también su telón de fondo. Sus inicios fueron en la Cartelera Turia, en 1972 y desde entonces no ha dejado de colaborar en distintas publicaciones, como La Cartelera. Publica los sábados una sección gastronómica semanal ('Menús variados') en el diario 'Las Provincias' de Valencia y los domingos una columna de opinión ('¡Salve y usted lo pase bien!) en este mismo diario". Su primer libro fue Comer en el País Valencia. Le siguieron la Guía Seat Panda, Comer en Carretera, De tapas por Valencia, La España dulce y Protagonistas de Nuestra gastronomía, editado por Editorial Prensa Valenciana S.A. Es director del Anuario de la Cocina de la Comunitat Valenciana. Detenta el Premio del Festival Cinegourland (Cine y Gastronomía),concedido por su dilatada dedicación a la gastronomía y a la crítica cinematográfica.


Hay una dicho (“eres más aburrido que una ostra”) que asegura esto: la ostra se aburre y además está sola. ¿Se aburre porque está sola o está sola porque quiere y se aburre menos que la almeja?  O ¿es el único molusco lamelibranquio marino misántropo? No creo.
Hay quien afirma que sí, sin fundamento psicológico alguno. La almeja, tan molusco y lamelibranquio marino como la ostra, no tiene fama de solitaria; es más, goza de connotaciones sexuales y de alterne. Nadie se ha detenido a pensar si está igualmente aburrida, desamparada y harta de vivir. Y finge.
Puede que toda la cultura acerca del presunto tedio de la ostra provenga de su tamaño, de los estratos de su valva y del volumen de sus carnes, desbordantes –molusco cuarentón- en la variedad Napoleón.  La almeja, por el contrario, tiene un semblante juvenil, y reacciona al estímulo de un par de gotitas de limón. Su carne se mueve, se contrae y nos guiña el ojo. Está viva, fresca e inmarchitable.
Si admitimos que la ostra no se aburre porque ha elegido, con el transcurso de los años, ser como es, entenderemos también la figura del hombre solitario –se nota enseguida que lo es-. Entra en un buen bar o una fiable marisquería, se sienta en un taburete y pide un par de ostras, a veces cuatro o cinco.  De inmediato, ambos, la ostra y el varón, entablan un diálogo sin palabras. Mudo.
Se miran a los ojos y ya saben que nacieron el uno para la otra / ostra. Dos seres solitarios, pero no necesariamente a burridos, haciéndose compañía. Con mucha biografía detrás, y no toda maravillosa.
La vida de la ostra es similar a la del ser humano. Nunca he visto a una mujer conversando con una ostra. Cree que es una rival. 
 
Antonio Vergara