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EL TEMAPato laqueado, la receta de José María Kao y el vino Finca Malaveïna de Perelada

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Impar: no hay dos sin tres

Impar: no hay dos sin tres [ Ir a RESTAURANTES ] [ Volver ]
 

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Cuando Barcelona aún no contaba con las rondas y le daba la espalda a un mar de basuras, se entraba por la Diagonal, artería elegantísima donde se ubicaba el Hotel Princesa Sofía. Como los tiempos cambian y los miembros de la monarquía, también, el hotel ha decidido reconvertirlo en “simplemente Sofía”, un cinco estrellas donde ahora los turistas y los republicanos tienen la puerta abierta.


Como todo hotel que se precie, su oferta gastronómica ha de ser, si no aristocrática, por lo menos de cierto nivel, con productos locales, pero abierta a propuestas internacionales ya que los clientes del hotel más los turistas que pasan por allí demandan nuevos horarios y mil formas distintas de comer y beber. Por esta razón, el Hotel Sofía ha encargado un proyecto gastronómico y lúdico a dos grandes de la restauración y el interiorismo: Carles Tejedor y Jaime Beriestain. Para completar este trío, que no es multitud,  se ha contratado a Víctor Ibáñez como chef ejecutivo.


De los dos primeros conocemos sobradamente su trayectoria. Carles empezó en el clásico Via Veneto, pero más tarde ha ampliado sus conocimientos como cocinero y asesor gastronómico en diferentes países. Tal vez el último, y el más conocido,  sea el restaurante dedicado a la carne Lomo alto y Lomo Bajo. Beriestain, por su parte, pone un toque de elegancia sin estridencias- terrazo, mimbre, ribetes dorados, pero con brillos controlados, cuero, tonos azules y grises, casi blancos, iluminación perfecta, intimidad- en este enorme restaurante de tres barras y una terraza y Carles, por su parte, pone su “savoir faire” al servicio de una cocina que sea reconocible por los locales, atractiva para los viajeros y apetecible para todos aquellos a los que no les intimide pasar por un cinco estrellas con un nombre de connotaciones tan borbónicas.


Cada rincón de este restaurante tiene personalidad propia: las barras abiertas atraen  a los amantes del showcooking, la terraza,  a los que disfrutan de este eterno buen tiempo barcelonés con tapa, vaso de cerveza Inédit o cóctel en mano, y los comedores interiores acogen a grupos, parejas y comensales que deseen algo más de intimidad o, incluso, disfrutar de los vinilos que un DJ pincha cada jueves. Dicho esto, veamos pues, algunos de los platos que nos preparó el chef y los vinos que degustamos con ellos.
En general, mi percepción fue la de una cocina que apuesta por los  “grandes éxitos” de la cocina popular catalana, pero a la vez, hace incursiones en culturas gastronómicas que ya han pasado por el test de  crítica y público ( ceviches, gyozas y ramen no faltan, junto con cocas y buns), por lo que el riesgo  o la manida creatividad gastronómica a toda costa no es su máxima. El  posible éxito de Impar no está tanto en la originalidad de su carta como en la calidad de los productos y en el manejo perfecto de los mismos,  más un escenario y un servicio acorde y moderno, sin excesos de ningún tipo ni barroquismos innecesarios.  Tuve la impresión de que hay  una máxima implícita que es: lo bueno, si simple, dos veces bueno.


Para empezar degustamos embutidos catalanes con pan y tomate. A la siempre deseada longaniza de Vic, yo agradecí la presencia de la sumaia y el pà de fetge, no tan corrientes en las cartas, pero, para mi gusto, grandes logros de la chacinería catalana,  si se me permite el término. Tras ellos llegaron las ostras Amélie que le dan a los entrantes ese toque fresco y de distinción que, excepto los alérgicos, siempre agradecen, aunque yo tengo la impresión de que estamos abusando de estos bivalvos que acabarán por resultar cansinos. En ese momento ya había llegado  a la mesa un vino de la D.O. Terra Alta, L’Albrunet Blanc. Perfecto para las ostras y lo que le precedió por su frescura y nitidez. La burratina con tagliata de calabacín y pistachos es una ensaladita fresca que combina bien sus elementos, perfecta para dar el pistoletazo de salida a las frituras de buñuelos de bacalao ( con abundante bacalao y buena textura) y gambas a la andaluza. Estas últimas desparecieron a la velocidad de la luz, por lo que no necesita mayor comentario. La coca de berenjena asada, gorgonzola, pera y miel fue para mí uno de los mejores platos. Hubiera agradecido mayor énfasis en el gorgonzola, pero lo mío es delirio quesero.

 


Los platos fuertes empezaron a partir de la llegada del pulpo  a  la brasa con causa limeña y las copas de otro D.O. Terra Alta, Almodía, una garnatxa peluda que agradó a los presentes. En este caso no me molestó ver de nuevo otro pulpo más sobre la mesa- he comido en estos últimos años decenas de pulpos coloristas, a cual más original- porque me gustó el toque cítrico de la causa y el pulpo estaba bien marcado. El arroz, en cambio, pecaba de exceso de tomate. El  pollo sin marcar y, por tanto, tierno, pero con parte del sabor desperdiciado si se hubiera hecho al modo tradicional, aprovechando los jugos del marcado en la propia cazuela. El  alioli era demasiado suave, no potenciaba el conjunto. De las alcachofas, apenas recuerdo su presencia y prefiero comerlas en pleno invierno, cuando el frío abra su veda.


El picantón al ajillo con gambas estaba a medio camino entre el gran “mar y montaña” que todos conocemos y el “pollo al ajillo” de nuestras cocinas de diario. Evidentemente, estaba bien trabajado y sus gambas- apenas superpuestas- eran gustosas, frescas. Pero, redondearlo con  una buena y abundante picada de frutos secos, brandy y  chocolate negro, al modo de los clásicos de siempre le hubiera hecho un gran favor al plato y lo hubiera posicionado en el lugar de honor que se merece, al igual que el rape cim i tomba  o el bacalao a la llauna con judías del ganxet, que también incluye la carta, muestras de lo mejor del recetario catalán.  La picada, dicho sea de paso, está haciendo mutis por el foro, incluso en los restaurantes donde se vanaglorian de hacer un recetario clásico. Una lástima. 
Acabamos con una naranja en tres texturas muy refrescante, aunque aún hay que esperar al frío para que lleguen las más dulces, un cremoso de chocolate, pan, aceite de oliva y sal, muy renovado en los últimos tiempos y  una copa de LLopart Integral Brut Nature Reserva para finalizar.


En general, se puede decir que, teniendo en cuenta el lugar y sus encantos, más la calidad de lo guisado y lo bebido,  el precio medio de 45 euros está dentro de lo razonable.  El Sofía siempre será el Sofía.

Inés Butrón


IMPAR/SOFÍA
Plaça de Pius XII, 4.
08028 Barcelona
Desayunos de 7 a 11 h.
Almuerzos y cenas de 12’30 a 23’30
Precio medio:
Mediodía: 45 euros
Cena: 65 euros.