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VIAJE EN EL TIEMPO A TRAVÉS DEL PALADAR [ Ir a LUGARES CONCRETOS ] [ Volver ]
 

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POR FRANK FERRERO
Viajo en el tiempo a través del paladar. Siempre me ha emocionado recorrer la memoria y volar a momentos concretos en los que una simple croqueta te transporta. Un bocado a cierto instante de la vida. El narcisismo y egolatría de los cocineros solo es equiparable al de los músicos, recibimos un feedback instantáneo cuando las notas suenan afinadas y en solfa. A riesgo de parecer un narcisista, hoy la crónica va de mi y de mis platos. En esta distopía que todos estamos viviendo, me apetecía mucho compartir mis experiencias con todos vosotros, pues la soledad compartida es un alivio a esta condena. Sin duda el mundo no va a ser igual después de vivir de forma global una amenaza que algunos profetizaban hace tiempo y que ha dado juego a tantas novelas y películas. Con la intuición que antes ya lo hemos vivido nos hemos acostumbrado muy rápido y fácilmente. Tengo la misma sensación que la primera vez que viajé a New York, en 48h era como si fuese neoyorquino, como si hubiese estado allí antes.

Tengo miedo, soy asmático, gordo y casi viejo. No quiero enfrentarme a una muerte así, ante el COVID-19. Sin oxígeno y sólo. Siempre he visto el día de mi partida como un dulce sueño después de un gran ágape, al no despertar de la siesta y hacerla perpetua. Otra muerte recurrente siempre fue el llegar al orgasmo con mi partenair, llegar a la vez y al finalizar, de duelo.



Para no pensar en todo esto me apunto a un bombardeo virtual de actividades. Recito algún poema y lo cuelgo en las redes. Veo un concierto de Estopa por Instagram o el fin de semana escucho la sesión de música que pincha un amigo desde su balcón, con humo y luces a lo discoteque. Empiezan una serie de rutinas diferentes a las de antes, en las que añoro sobre todo la piel. Tocar. Besar. Abrazar a mis hijos. Y echo de menos la libertad de ir y venir a mi antojo por doquier.

                   

La maravilla de despertarse y decir hoy me voy a Barcelona, es mi día. O porque no, coger unos billetes del AVE y plantarse en la feria de Mayo de Córdoba. A comer un salmorejo en la Bodega, una tapa de rabo de toro guisado y una ración de bacalao con tomate, no sin antes pasar por su embutido de Cendra, sus anchoas y sobre todo su jamón del Valle de los Pedroches, su queso añejo.

                   

En un viejo callejón, donde el antiguo hotel Colón. Es un lugar que está idéntico a cuando de chico pasaba algún que otro verano con mis titos, mis primos y mi padre que viajaba por Andalucía. Barricas de Jerez, carteles de corridas en la plaza de toros y las cabezas de algún que otro Miura colgadas cual trofeo. En esa época descubrí los espetos de Málaga y su arenas alquitranadas, el mollete de pringá en Sevilla a cuarenta grados en la sombra, pescadito en adobo, gazpacho blanco, flamenquines, carrilleras de ibérico y las mil y una noches al fresquito del verano andaluz. Tengo tantas visitas que hacer aún. Noor es una de las principales en mi lista, visitar a mi amiga Paula su sumiller. También quiero ir al Churrasco y disfrutar de una de sus carnes. Volver a Ángel León y comparar si es como la primera vez, en la que quedé enamorado de su cocina, de su equipo y del viejo molino de Sal. A modo de amuleto siempre llevo encima la moneda que nos regaló en esa primera cita Aponiente.

                   

Tengo que emborracharme con mis amigos de Córdoba y llorar al segundo día rogando que me dejen volver a casa, pues ellos no tienen un final y yo no estoy entrenado a tanta cerveza con tapa, fino y “cacharritos”. Me rio yo de las cuadrillas del norte, aunque los vascos ya sabemos que nacen donde quieren. Quiero ir a Madrid de nuevo a Viridiana de Abraham García, ver deslizar su generosa mano, lascando la trufa en esa crema de ceps.



Quiero volver a disfrutar de su tocino de cielo. Hacer de tripas corazón, entre sus páginas envolverme, fundirme en su prosa poética y eterna de casquería. De Madrid al cielo en tantas ocasiones, en la cava baja, en el antiguo rincón de Hemingwey comiendo mollejas, en Chistu sus carnes asadas, bocatas de calamares y sándwich de Rodilla en la plaza Callao al lado del hotel donde siempre parábamos, el Rex de Gran vía. En este recorrido una escapada al casco antiguo de Donosti empezando por el amigo Nestor y su ensalada de tomate, pimientos de Guernica y chuleta de rubia gallega, siempre acabo haciendo el indio con uno de sus cafés. No se cómo llego a esas carnes, pues antes siempre hago recorrido por Txepetxa y sus antxoas en mil formas y colores, Borda Berri con su rissoto de Idiazábal y la Viña para postres con su famoso pastel de queso.



De vuelta a casa y para amenizar este viaje paro en el Gaucho a por un pincho de foie que tanta fama le ha dado y que emociona al primer bocado. Tantos rincones que visitar, tantos platos que comer me faltan aún. Sin duda recorrer las tres gloriosas es otra de mis tareas pendientes. Pero este viaje sensorial cerrando los ojos me lleva siempre al mismo recuerdo.



A los sofritos de mi madre, al caldo que se corta a cuchillo de gelatinas y sabor intenso, al perfume de Pastís en sus suquets de pescado y a los arroces que con nada saben a gloria.

                       

A la pregunta de: ¿qué le has puesto al arroz?, mi madre siempre responde que nada.

                   

Vuelvo a agradecerle fomentar en mi esta pasión por la comida y regalarme tantas experiencias. Una despensa tan rebosante que el mejor de los restaurantes de la época hubiese envidiado el producto que pasaba por mi casa durante mi infancia. Nunca tuvimos un Mercedes, pero la despensa estuvo llena de lo mejor cada día.

                   

Acabo estas líneas sin poner ni un solo plato cocinado por mí en estos días de encierro. Será la próxima vez seguramente. Con el deseo que todos los lectores de Gastronomía Alternativa se sientan aliviados en este rato de lectura, donde me he dejado un poquito de mi para entretenerlos.