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EL TEMAMasqueta d arròs, la receta de Ca l Eulàlia, y el vino Chivite Las Fincas Rosado. Por Miquel Sen

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El aislamiento, una máquina de pensar [ Ir a LOS TEMAS ] [ Volver ]
 

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Entrada la cuarta semana de retiro, he dejado para más adelante dos artículos de muy distinto tono sobre la cocina del confinamiento para meditar sobre lo que estamos viviendo. Recordemos, parece que haya pasado un siglo, la fuga inicial de los españoles de sus ciudades. Eran unas imágenes de guerra, para seguir con esa desagradable terminología impuesta, que lleva al recuerdo de películas como Juegos Prohibidos. Huyen los franceses de la invasión nazi mientras los messerschmitt, con tozudez germánica, ametrallan a los que intentan escapar. Pero en nuestro caso no había aviones y el enemigo se confundía con el amigo, porque todos los que corrían podían ser portadores del Covid-19. Es decir, muchos de los escapistas lo llevaban a cuestas. Era un huir imposible. Solo nos quedaba recogernos y pensar.

                                      

Antes de recuperar la calle hemos de tener muy presente que nada será igual, quedando de entrada la población dividida en dos grupos: los que han vencido al virus, y los demás, que pueden tenerlo, convirtiéndose en una parte peligrosa de la sociedad. Esos tendrán (o tendremos) que estar preparados para una larga residencia en casa. Los que tengan más suerte, podrán salir vestidos con el traje de después del holocausto. Para los segundos puede ser un confinamiento que en los mayores de setenta años alcanzará límites insospechados.
A unos y otros nos aguarda el mundo que hemos dejado, con todos los problemas que arrastraba. El cambio climático sigue ahí. Llegarán las olas de calor, los incendios, las playas compartidas por las sardinas humanas. Sería el momento, ahora, de tomar una determinación sagrada que cambie la dirección de unas fuerzas que nos llevan sin remedio al desastre.

                        

Estamos viendo estos días que nuestro universo se mueve gracias a la energía eléctrica, sea eólica, atómica, o de otra naturaleza. Lo que es evidente, es que si volvemos a validar el modelo anterior fundamentado en el petróleo a 60$ el barril (contra los 34$ actuales), que es lo que le conviene a EEUU para poder ser autosuficiente a partir de sus costosas y contaminantes perforaciones, en cuanto nos despistemos, tendremos otra crisis mundial, esta vez energética. ESSO, SHELL, TOTAL, BP y los demás mandan y no van a perder beneficios a menos de que tengan una nueva propuesta de negocio a mano. O iniciamos un cambio energético, que ha de ser profundo y definitivo, o la siguiente fiebre será petrolera.
Una mentalidad que implica a dejar de comprar chucherías producidas en el extremo del planeta. Tan superfluas que nos exigen disponer de un montón de Wallapop para revenderlas antes de que las hayamos estrenado. La falta de dinero, que será un azote tras la crisis, no es contraria a la compra compulsiva de todo tipo de mierdecillas. Estas últimas pueden conocer un gran éxito.
La energía eléctrica mueve internet. Todo indica que vamos dar sentido a la red. Por ejemplo, teletrabajando. ¿Es normal consumir 2 horas de nuestra vida diaria para desplazarnos al trabajo? ¿O las 12 horas de avión para asistir a un congreso o conferencia de 3 horas? Probablemente muchos aviones se van a quedar definitivamente en tierra.



Al margen de estas realidades existen otras sobre las que hay que pensar, tal como lo hacen nuestros hijos con los problemas que les plantean en la escuela. Uno de ellos, ¿y si existiera una economía vital, opuesta a la economía de mercado?
Llamando a las cosas por su nombre, aparcando las fés, que bloqueen el pensamiento, porque dan respuestas tan políticamente correctas como inútiles ¿podremos encontrar un marco de ejercicio público en que se pueda dominar la tendencia implacable que nos ha llevado a desmantelar el estado para convertirlo en un papel de fumar en el que la precariedad es la cerilla?

                              

Si lográramos recuperar el poder como ciudadanos, que hemos perdido y perderemos del todo si se prohíben las manifestaciones, como va a suceder, y nos convierten en un objeto con un teléfono móvil en el bolsillo que indique nuestras coordenadas en cualquier momento, va a ser muy difícil ser escuchado. Para tener presencia solo nos quedarán las redes y el conocimiento básico que hemos adquirido consistente en saber que quedarse en casa puede ser la más formidable de las huelgas mundiales. Creo que estos días hemos aprendido a hablar de otra manera, y a no dejarnos engañar tan fácilmente. Por ejemplo, si un gato es un gato, el presidente de los EEUU es un imbécil de primera magnitud. Con toda seguridad, el cretino con mayor poder del atlas. Pero esta enfermedad invisible, la de mandar sin tener un objetivo claro, al margen del ego, también se ha difundido como el peor de los microbios. Si repasamos como se han llevado las cosas desde que nos enteramos de las primeras bajas en China, nuestra reacción natural será encerrarnos en nuestro domicilio, no por el azote de la epidemia, sino ante la escasa dimensión humana e intelectual de aquellos que quieren hacernos creer que les debemos la vida, aunque gracias a su impericia estemos a punto de perderla.



Y para acabar, llega el enunciado de otro problema del que espero su respuesta. ¿Cuántos árboles caben en las calles, ahora vacías? ¿Cuántas plazas inhumanas pueden dejar de serlo? ¿En qué fecha se instaló la última escultura de su barrio?