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Gastronomía en las escuelas [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Alarmadas por la aparición de una generación de niños obesos, las autoridades han decidido retirar las maquinas expendedoras de mierdecillas de las escuelas, al tiempo que  los cocineros más reputados pedían que se instaurara en las aulas una asignatura de gastronomía. Nada que objetar a tan impactantes proyectos, en un momento en el que hemos descubierto que hay jóvenes gordos, fuera de los cánones de la moda,  anoréxicos y anoréxicas que están en el límite de la misma. Añadamos al coctel un amplio grupo que mantiene un peso normal, pero que no sabe que es un puerro ni ha visto en su vida una sardina con escamas y si la ve,  la mirará con asco y tendremos dibujado, groso modo, un panorama que parece nos ha caído del cielo,  justo cuando pensábamos que éramos europeos ricos.
Gorditos, melancólicos y neurasténicas, son los nombres que se daban a unas patologías antes minoritarias, antes de que se entráramos en una potenciación del consumo que ha hecho de los más jóvenes una parte importantísima del mismo. Añadamos a esta generación de compradores compulsivos de chucherías la integración de los dos miembros de la familia al trabajo y comenzaremos a saber porque tienen que venir los profes a la escuela para enseñar el gran descubrimiento  de la dieta mediterránea.
Comer verduras, pescado, algo de carne, legumbres y frutas, todo en un orden piramidal era algo que se hacia cuando cocinar en casa no estaba mal visto. Ahora por más que existan programas divulgativos de cocina y gastronomía, en los domicilios particulares se cocina poco, porque falta tiempo y este ingrediente carísimo debe dedicarse a las docenas de actividades que nos hacen ser modernos, actuales. Es inútil que el niño o el adulto no tengan las cualidades mínimas, ni el interés para hacer judo o ballet. Lo harán porque el tiempo empleado en estas actividades viste más que el que se dedicaría a ir al mercado para descubrir que hay otras verduras, al margen de la odiosa lechuga iceberg.
Mal lo tiene los niños con la asignatura de gastronomía. Lo tienen tan fatal como sus padres, voyeurs de programas llenos de pinchones salseados, pero adictos a la pizza congelada, al fácil filete de salmón con verduras, todo ello de origen dudoso, que en dos segundos salta del micro ondas a la mesa, donde esperan las bocas de unos adolescentes que no han parado de picar, dado que el orden en la alimentación no esta de moda, porque no vende. Cuando un niño de 8 años tiene su propio móvil y se plantea la vida como un adulto, es difícil que no caiga en el vicio, en el impulso, en la pulsión de comer perrerías compradas con lo que el cree que es su dinero.
Volvamos a las aulas. En ellas un personal docente que no sabemos quien ha formado les explicara lo de las cinco frutas al día. No les recuerdo el chiste de los cinco melones y las cinco aceitunas para no caer en la vulgaridad divertida, pero si me espanta pensar en que pautas se darán sobre un tema tan complejo. Ahí están las infinitas alergias e intolerancias que forman parte del patrimonio de buen número de individuos de la generación bollicao-potito. Los que sufren alergia a frutas concretas, que a cualquier profe le puede parecer idóneas, aquellos que arrastran o están desarrollando alergias al gluten, o a otras proteínas. Dificil lo tienen profesores y alumnos si recordamos que el Periódico de Catalunya publicó una receta de los expertos de la Fundación Alicia,  apta para intolerantes y alérgicos  a la lactosa, que contenía mantequilla. Hasta el presente, la mantequilla se elabora con leche y tiene lactosa. Si no se especifican los ingredientes y se sabe que son, con unos conocimientos biológicos previos, los problemas de salud pueden ser importantísimos. Errores de este tipo puede representar, lo se por experiencia propia, graves problemas de salud. Mi hijo Mateo, un  “síndrome de Dawn”,  padece este tipo de intolerancias y muchas veces ha tenido que ingresar en el hospital por fallos este orden.  A pesar de informar claramente al profesorado, más de una vez me he encontrado que “como no puede tomar leche en vez de un yogurt le hemos dado un flan” y hasta el presente, en la receta de los flanes figuran los huevos y la leche. Da que pensar que información se dará en las aulas, al margen de las más triviales, que potencian de una manera reiterativa las mágicas palabras  dieta mediterránea.
Además de estas dificultades, aparecerán otros problemas, directamente relacionados con la dieta industrial, es decir, la de cada día. ¿Quien explicara si es bueno o no un yogurt enriquecido en fósforo? De entrada hay que saber porque se enriquece un elemento natural como es la leche. ¿Es una estrategia comercial? La relación entre el exceso de fósforo y el calcio ¿es positiva?
Son temas amplísimos, en los que intervienen tantos temas que difícilmente pueden explicarse en un breve espacio lectivo, cara a conseguir que se entiendan las bases de la alimentación saludable. Porque entre otros factores, el profesor ha de saber que mientras lucha por explicar a sus alumnos que una verdura aliñada con aceite de oliva virgen es una exquisitez, la industria, el mismo ministerio del que depende, estará colaborando en la consecución de precocinados de ultima generación, que seguro serán más atractivos y rápidos de preparar que una sencilla merluza comprada en un mercado. Las clases tendrían que haber comenzado hace años con un curso de cocina y sentido común para los padres que han propiciado un desastre de difícil solución. Es algo así como pretender corregir los desastres urbanísticos que se han hecho en España estos últimos 20 años con discursos de cinco minutos sobre pecados medioambientales.

Miquel Sen
8 de agosto 2010