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Como soy partidario de las culturas que practican la educación de no mencionar los nombres de los convictos, no diré ni el titulo, ni mencionaré el autor de un libro que ahonda en la frivolidad, en la exaltación de la comida basura. Se trata de un texto, del que se han hecho eco en algunos diarios catalanes, que plantea el tunear la comida, con objeto de que esta resulte llamativamente resultona y pueda prepararse en 15 minutos. Este delirio de promoción de la lata fácil tiene su punto de apoyo en los precocinados. Uniendo ambas técnicas industriales se consiguen platos de una calidad gustativa notable, siempre según el texto cuyo titulo no pienso mencionar, porque no me apetece llevar al lector a la preparación de una receta del orden: estofado de garbanzos, nueces y bacalao, con garbanzos de pote, bacalao desalado al vacío, caldo de pescado de tetrabrick y cebolla frita en lata. Eso si, preparados en menos de 15 minutos.
Evidentemente las latas están en este mundo. Fueron inventadas como alimento del soldado en campaña, del matador de búfalos y pieles rojas, para el héroe del ejército nazi en el proyecto de conquistar la Rusia infinita. Evidentemente, todos hemos abierto una lata de tomate frito y suspirado frente a una conserva de caviar, de esas que no tienen otro conservante que la cantidad justa de sal. Lo que sorprende es la exaltación de la cocina basura, el dar por bueno, como menciona el autor de este atropello culinario, que ahora el tiempo que se dedicaba a los fogones se emplea en otras cosas, como pintarse las uñas. Mientras se promociona la cocina en su versión más vulgar, somos muchos los que pretendemos recuperar el espacio culinario perdido, gracias a tanta memez, buscando aquellos profesionales que se están dejando la piel y la cartera en un intento desesperado de llevar a nuestros platos materias primeras libres de contaminación, sin aditivos ni colorantes, aves, carnes, pescados y vegetales que son de proximidad, mas o menos dentro de un esquema que la gente de Slow Food califica como KM0. Aun resulta más chocante que este tipo de literatura culinaria vea la luz cuando las autoridades sanitarias nos recuerdan que los más jóvenes están practicando una alimentación que lleva a la obesidad y a todo tipo de alergias, debido al olvido sistemático de la cocina de mercado, en fase de destrucción gracias a todas las uñas que tenemos que pintarnos.
Pero en el mundo culinario actual, sobre todo entre los cocineros y cocineras que no son y quieren ser, vale todo. Para destacar y tener unos segundos de gloria, cualquier sistema de promoción es bueno, más aun si se hace desde una simpática postura, entroncada con la más rancia cultura progre, que no da importancia a los métodos y practicas de cocina tradicionales, porque ensalza la aventura mecaniza de abrir una lata. En el texto que no le recomiendo nos aseguran que este tuneado de latas abiertas, mezcladas con congelados y precocinados, es un remedio infalible para crear vínculos emocionales con lo que se sirve en el plato y mejorar nuestra autoestima. Desgraciados aquellos que lo practiquen y pobres de sus hijos, futuros come mierdas, de entre los cuales estoy convencido surgirá un genio que reproducirá y aumentará las perversiones de este libro del que no me da la gana de mencionar ni autor, titulo y editorial. Queda, eso si, un aspecto en el que este desgraciado panfleto de la tontería humana tiene utilidad: en el prólogo se mencionan los colorantes, conservantes y aditivos que encontraremos entre los ingredientes de esta exaltación delirante  de la comida perruna.

Miquel Sen
23 de agosto 2010