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La rapidez, el desplazamiento en el menor tiempo posible, el consumo inmediato  y los  amores rapidísimos están tan bien vistos, son tan políticamente correctos, que este cronista tiene serias dificultades cuando dice públicamente que, ante el veloz y voluminoso gin tónic, por otra parte una bebida excelente, prefiere una buena copa de cognac, de esos que dejan una traza mentolada en cada sorbo. Precisamente de las tierras  de las Charentes, patria del cognac,  nos viene un nuevo concepto  una propuesta de calma pura que debemos tener en cuenta, como todo aquello que nace del movimiento Slow Food. Se trata de una magnifica idea para llevar la distensión a las ciudades. Uno de sus creadores es Pier Giorgio Oliveti, director de Cittaslow.
En España andamos mal de ciudades lentas, diseñadas para espíritus no agresivos, precisamente aquellos que huyen de la especulación trivial que siempre rodea las prisas. Prisas para comprar, prisas para conquistar, prisas para huir, prisas para no saber de uno mismo. Lo cierto es que en el corazón de las Charentes, la municipalidad de Segonzac se ha adherido al movimiento Cittaslow, una propuesta de ciudad a velocidad humana en la que los parámetros a seguir  son el respecto del paisaje, la conservación de las zonas comerciales, la huida del urbanismo enloquecido, entre otros principios de un valor moral de peso. El hecho de que esta pequeña ciudad de algo más de 2000 habitantes aparezca en esta revista digital también tiene que ver con que en esta población la vida sin prisas esta llevando a la recuperación de bodegas y destilerías que, sin esta nueva perspectiva, hubieran sido magníficos solares dónde edificar las barbaridades que la crisis de la construcción no esta enseñando no llegan ni a la categoría de estructuras para dar sombra al paseante en paro.
En España, el país del ladrillo fácil, la situación da para infinitas adhesiones a Cittaslow. En un momento en el que el turismo vitivinícola esta tomando fuerza, se hace más evidente la necesidad de definir un modelo de ciudad en las que el mundo agrícola y ecológico se imponga sobre otros criterios. La experiencia de este movimiento, ramificado en los cinco continentes, con representantes en naciones tan dispares como Nueva Zelanda o Corea del Sur, que suman 140 ciudades en 21 países, demuestra que bajo estos criterios de ciudad lenta, de ciudad humana, los intercambios económicos, la generación de negocio que implica la misma idea de Slow Food aplicada al urbanismo es equivalente al mejor plan Ñ que llena de zanjas inútiles cualquier rincón del país. La idea deberían pensarla seriamente todos aquellos que viven en ciudades directamente ligadas a la viña y a las bodegas pero que siempre han considerado este paisaje como un lastre del que hay que liberarse construyendo el mayor número de polígonos industriales posibles. Pienso en las posibilidades que generaría Cittaslow en paisajes a media destrucción como los que rodean el entorno  vinícola del Penedès, o las poblaciones que son capitales del viñedo castellano. Asimismo el concepto quizás llegue tarde a las poblaciones situadas al norte de las rías gallegas, de estética casi suburbial, como la entrada de Malpica (costa da Morte).   Tal como dice la alcaldesa de Segonzac, la misma evolución del viñedo, el envejecimiento del vino, el lento proceso que se lleva a cabo en las barricas, es una forma de entender la vida y porque no, de encontrar una nueva manera de hacer de esta, no un periodo de crisis, si no de aprendizaje lento, sabio, matizado. Para ello podemos inspirarnos en una anécdota atribuida a Eduardo VIII, cuando como príncipe de Gales, visitó Burdeos: le ofrecieron una copa de cognac de acrisolada vejez y se la bebió de un trago, por lo que el alcalde de la ciudad francesa no pudo contenerse y le dijo, Majestad esta copa primero hay que olerla, luego contemplarla y seguidamente hablar de ella. Puro Slow Food, perfecta oposición a la urgencia del fast living. 

Miquel Sen

4 de octubre 2010