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EL TEMATORTILLA DE KOKOTXAS DE BACALAO, LA RECETA DE HADDOCK Y EL VINO NOMÉS GARNATXA BLANCA 2018

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En un programa de televisión del país vecino un grupo de periodistas de opinión reivindicaban una cocina sin complejos, carente de la enorme presión que transmiten los medios cuando llevan a la pantalla a los cocineros famosos. Este tema del día tenia como eje el conocido programa Masterchefs, que triunfa en toda Europa, se impone en Estados Unidos y arrasa en Francia. Suma de Gran hermano, el Eslabón más débil y la Cocina de los maestros, este largísimo espacio de tres horas de programación,  tiene todas las truculencias necesarias para enganchar a la audiencia. Solo le falta un detalle importantísimo: mostrar la felicidad inherente al hecho de cocinar, una forma sensual, no emocional, de compartir, disfrutar y mancharse los dedos. Porque en este tipo de programas y en otros de corte paralelo se busca la emoción en su expresión más primitiva, el lloro por no saber hacer la receta, el éxtasis porque el maestro, como un nuevo gurú de una religión perversa, juzga, enseña y deja que el aprendiz prospere en las cocinas una semana más. Como en el caso de estos programas de gran audiencia y elevado costo los gurús son tres, la emoción se multiplica, porque el aprendiz de cocinero puede recibir una bendición del espíritu santo, en forma de crítico gastronomico  y unos segundos más tarde una bofetada de dios bendito, en este caso un tres estrellas. Es parte de un juego en el que hemos caído estos últimos años, en los que toda la cocina era pura expresión de tecnología y emoción, que dejaba a aquel que, simplemente, quería preparar algo bueno para compartir con los amigos, en una incomoda posición, en la obligación de tener que inventar y mezclar para sorprender y poder incluirse en el cielo de los cocineros creativos.
A medida que se pide una cocina desacomplejada, sin lágrimas, ni ataques de histeria ante la constatación de la dificultad que implica imitar a los inimitables, la cocina triunfa y gana adeptos, humanizándose. Algo semejante está sucediendo en el mundo del vino, dónde los catadores de cada día, que son los compradores que, de hecho, mueven el mundo de las bodegas, cada vez juzgan con más libertad lo que beben, convencidos de que no todo tiene que ser vino de diseño, es decir alto precio y máxima puntuación en las guías al uso. El mundo del vino también ha sufrido el impacto del enólogo autor, capaz de hacer cualquier cosa para figurar en los medios. No toda la culpa la tiene Parker. Así, hace unos días, en una reunión de expertos catadores, un aficionado me dijo humildemente: ¿Por qué entre los vinos mejores de España se han olvidado de casi todos los blancos y no han dicho ni mú  del Jerez  y la Manzanilla? Lastima que lo dijo en voz baja, acomplejado.

Miquel Sen