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Sopas y arroces metafísicos [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Al margen de ser un trabajo inacabable, ordenar una biblioteca tiene el consuelo del reencuentro con libros que se leyeron hace tiempo. Uno de mis redescubrimientos ha sido el texto que escribió Courtine: Simenon et Maigret Passent à Table. Una rápida ojeada y ya  se me hace la boca agua con la receta correspondiente a la novela El revolver de Maigret. Se trata de una tête de veau en tortue, una cabeza de ternera que Courtine describe en una larga pagina, porque el plato se las trae. Es una formula de origen belga y por tanto compleja y de salsa untuosa. Una salsa que acompaña unas carnes que ahora pueden poner los pelos de punta a una inmensa mayoría de ciudadanos, la lengua y el seso del animal entre otras maravillas. Del recuerdo de un plato semejante, la tête de veau a la francesa, que supongo aun sirven en el restaurante Quo vadis de Barcelona, en este caso con salsa bigarada, paso a otro texto olvidado, esta vez del mismísimo Sigmund Freud, que cito directamente de su Moisés o el monoteísmo: “la ciencia biológica nada quiere saber de la transmisión de caracteres adquiridos a los descendientes. Pero confieso con toda modestia que no podemos pasar por alto este factor en la evolución biológica.”
Como salgo de una receta, que se acaba en si misma, sin más o menos trascendencia que el recuerdo del  gusto que nos haya producido, me espanto de este más allá, de esta trascendencia que el psiquiatra descubre. Es algo así como aquello que escribía otro filósofo de peso, Nietzsche, cuando decía que detrás de la naturaleza había otro mundo. Confuso, llego a mi cocina y me enfrento a un grupo de pastas y arroces ordenados en distintos sobres que me han enviado para que de mi opinión. Todos ellos son de cocción rápida, porque la inmediatez es uno de los atributos de la cocina casera actual. Entiendo que de la naturaleza, o lo natural,  es decir la sopa que hierve hora y media, o la pasta que nos sale estupenda, sofrito incluido, en ¾ de hora, hemos pasado a una cocina metafísica, que ya no tiene que estar en línea directa con la naturaleza, alias el mercado, porque esta realidad ha quedado definitivamente superada.
Lo malo es el resultado. La ración, que se anuncia para dos, es de una brevedad anoréxica. El gusto está tan marcado por el sabor genérico de las sopas de sobre que altera lo que hasta ahora había creído eran las señas de identidad de unos espaguetis con parmesano. Es la evidencia de que no tengo la llave de los sabores de la metafísica culinaria, por lo que debo entender que, o soy un nihilista, o un reaccionario, o más que probable, las dos cosas a un tiempo.
Por desgracia la cita de Freud y su reivindicación de la herencia arcaica tampoco me la creo. Todos los excelentes platos que cocina mi familia no son fruto de una transmisión genética, si no de una pasión por las cazuelas ligadas al recetario diario y a las piruetas de los días de fiesta, en los que el producto fresco y de precio ha impuesto su huella en nuestros paladares. Me temo que las sopas metafísicas inmediatas solo tienen que ver con la falta de tiempo para cocinar y con un terror absoluto hacia aquello que no remite directamente a lo que somos, incluida la lengua de ternera, sofisticada por una salsa magistral.

Miquel Sen

22 de noviembre 2010