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Mucho me temo que la aceptación interesada de una verdad que no lo es sea la peor de las enfermedades que estamos padeciendo. El dar por bueno todo, siempre que lo diga una voz consagrada, es el pecado básico que nos hace aceptarlo todo, incluidas las soluciones esperpénticas a la crisis económica mundial.  De esta manera se ha destruido, salvo excepciones, cualquier criterio que no sea el políticamente correcto. Si esta afirmación es valida a nivel político, basta con leer los diarios para observar como se repite sin matiz el tan limitado pensamiento de los líderes, en el ámbito de la gastronomía está sucediendo exactamente lo mismo.
Cambiando minting por congreso culinario, el proceso es parecido. Unas empresas de asesoría y relaciones publicas convocan un acto al que asisten los invitados del partido, en el caso del congreso culinario, las estrellas de siempre y los fieles a esta causa publicitaria, que serán loados por los periodistas afines, fieles gacetilleros, como sus hermanos de la prensa política, especialistas en no discrepar ni una coma de la nota que distribuye el secretario político. En el caso de los congresos gastronómicos, desde los más importantes a los meros akelarres del gusto, la estructura es invariable y el reparto del poder, de la palabra y el dinero, corre a cargo de las firmas organizadoras del congreso. A ellas les corresponden sacar una buena pasta de ayuntamientos y comunidades autónomas, hacer creer a las distintas bodegas y empresas de alimentación que no hay vida más allá del congreso, y a los gacetilleros a sueldo explicar la inmensa trascendencia del hecho, utilizando para ello las columnas de los diarios en las que el lector jamás encontrará discrepancia con el discurso del líder único. Cualquier movimiento en contra del negocio es sancionado rápidamente por los comisarios que lo regulan todo, haciendo previsible cada uno de los infinitos Salones, hermosos negocios que únicamente podrán detener las cajas vacías del dinero publico.
Gracias a esta total falta de crítica, los aficionados a la gastronomía que no tengan un criterio muy agudo comulgan con ruedas de molino, sin que nadie les advierta de lo que se están tragando. La muerte de Santi Santamaría y su fagocitación caníbal, que le ha restado todo su valor como cocinero, con sus luces y sombras, tiene paralelo con todos los platos que eran pura fantasmagoría, exaltada por los gacetilleros que andaban muy finos en llamar abuelo a aquel que no quería dar por bueno el sushi de paella que cocinaban en el Negresco, sin ir mas cerca o mas lejos. Son años de plomo que se han reflejado igualmente en el mundo del vino, en el que se ha engañado, gracias a los periodistas fieles a la causa del criterio único, a consumidores y elaboradores. Tal como ha sucedido en el mundo de la cocina con tantos chefs sobrevalorados, es decir valorados por encima de su talento,  nos hemos visto obligados a beber vinos que eran un puro disparate, porque sus creadores se habían convencido, o los habían convencido, de que, en lugar de tener una viña en la piel de toro, la tenían en la parcela mas cotizada de la Borgoña. El resultado fue una literatura pesadísima, llena de puntuaciones turbias, destinada a hacernos creer que beber un vino era una actividad filosófica. Si alguien escribía que los mejores vinos del mundo, pongamos por ejemplo los que a mi más me gustan, Romanée Conti y Chateau Yquem, no necesitan beberse con filosofía, si no con la exaltación que da el placer y que el único problema metafísico que generan es saber de dónde demonios sacaremos el dinero para disfrutar con una segunda botella, rápidamente recibía las criticas, las exclusiones, por parte de los artífices de estas teorías dictadas a golpe de facturas de publicidad encubierta con la que muchas de las bodegas afectadas pagaban los puntos conseguidos, porque una nota negativa por parte de los gurus, da pánico dentro del panorama vinícola español.

Lo mas divertido de estos días que llegan esta siendo el cambio de piel, la adaptación a la nueva realidad por parte de los periodistas comisarios políticos. Lentamente y siempre lejos de una justa perspectiva histórica, están adecuando sus discursos  a las nuevas medias verdades, olvidando que hace unos días eran los poetas de la cocina del pelotazo. Ahora toca cantar las virtudes de la cocina falsamente tradicional con gotas balsámicas de técnicas de vanguardia. Lo mismo comienzan a explicarlo en el próximo congreso, aunque no se si será políticamente correcto. Posiblemente faltan unos meses de olvido, de esos que lo borran todo, con las medias mentiras gastronómicas a la cabeza.

Miquel Sen