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EL TEMATRINXAT DE MAR Y MONTAÑA, LA RECETA DE LA TAVERNA DEL CLÍNIC Y EL VINO CHIVITE COLECCIÓN 125 BLANCO.

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Cada religión tiene su magia mas o menos disfrazada de preceptos que nos hacen comer unos ingredientes y aborrecer otros. La cocina de los judíos practicantes, la cocina Kosher es un ejemplo de ordenes y recomendaciones ancladas en los preceptos de el Levítico, en cuya parte tercera se describe que animales son puros e impuros. Resultan que los puros y comestibles tienen la pezuña hendida y rumian. Si solo rumian, pero no tienen la pezuña partida, no pueden ir a parar a la cazuela. Las otras religiones monoteístas también marcan el recetario. Grosso modo, los seguidores de Mahoma lo tienen crudo con el cerdo. Julio Camba, que era un gallego irónico, decía que era una decisión democrática: como los jamones eran tan buenos y no había para todos, mejor prohibirlos.
Aunque parezca increíble, la religión católica no es excesivamente contundente a la hora de decirnos que hay que freír o cocer. Como ha instalado el terror cotidiano en forma condenación eterna, no le hace falta marcar pautas dietéticas. A lo sumo nos cuenta que hay unos días en los que no hay que comer carne, a menos de que se tenga bula, es decir que se paguen unos dineros al Papa de Roma. Por supuesto existen explicaciones antropológicas mucho más serias que las mías o las de Julio Camba para explicar el listado de las suculencias que no podemos comer en tiempos de Cuaresma. Carson, en el libro Comida y civilización, lo describe muy bien. Incluso aguanta la risa con aquella historia en la que Jesus saca cuarenta demonios de un hombre y los cuarenta perversos espíritus van a poseer cuarenta hermosos cerdos que se precipitan a un lodazal y se ahogan. Una perdida de jamones judeocristiana de lo más triste.
Pero a medida que se impone la riqueza,  Gran Hermano gana cuota de pantalla y las religiones pierden audiencia, triunfa la impostura de otros dioses, que ahora se llaman salud y culto al cuerpo. Son religiones que dan a sus pastores una pasta loca, por lo que es normal que se contagie de esta idea amplios sectores de la sociedad, entre ellos el segmento culinario que ve en este filón una manera de luchar contra la crisis. En estos últimos meses el lector de noticias culinarias publicadas en paginas rosas habrá leído informaciones tan divertidas como la creación de menús anti age, el invento de platos anti arrugas, la creación de recetas tan cardiosaludables como incomestibles. No hay nada nuevo en esta inventiva que pretende hacernos creer que somos pequeños dioses que no pueden envejecer. Ya lo sabía el gran Carême, cocinero de ricos y poderosos, por lo tanto obligado a mantenerlos en una forma que haga del día a día una eternidad. Para ellos creó, (entonces se llamaba creación, ahora que los términos religiosos no sirven para nada hay que entender que se trata de creatividad), una sopa curativa de todo, de la que doy la receta:


Tomar 12 caracoles, 4 docenas de ancas de rana y pocharlas en agua con puerros y pequeños nabos. Pasar por la estameña el caldo, colorearlo con azafrán y beberlo mañana y noche.


Perfecto remedio para ser joven, siempre que se tenga un estomago a prueba de ranas y caracoles. Probablemente la receta también sea anti edad, quite las patas de gallo, en el sentido epidérmico del termino y aclare la piel. Lástima que plantee problemas religiosos, porque muchos creyentes tienen prohibidos expresamente los caracoles en sus dietas. No se si porque son sinónimo de lentitud. Precisamente para combatir a tanto impostor propongo que esta semana santa que los uruguayos han bautizado sabiamente como la semana del turismo, pensemos, no en nuestra arrugas actuales o futuras, si no en lo fugaz de la felicidad, que tantas veces se alcanza comiendo en buena compañía, levantando los ojos hacia una copa de vino y dejando para más adelante el menú que nos ha de llevar a una felicidad tan cara e imposible como una crema anti age a base de caviar histérico.

Miquel Sen