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EL TEMAMasqueta d arròs, la receta de Ca l Eulàlia, y el vino Chivite Las Fincas Rosado. Por Miquel Sen

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Preguntarse como afecta al comensal y a la restauración publica la frustración que provocan vivir en un sistema corrupto y averiado comienza a ser un tema de conversación entre críticos gastronómicos y cocineros. Es una discusión difícil, sobre todo si se huye de las soluciones que eran revolucionarias en el siglo pasado. Dicho de otro modo, los cambios no pasan por invadir y desvalijar Fauchon de la parisina Plaza de la Madeleine, como sucedió en mayo del 68, si no en pensar que soluciones son las más oportunas para disfrutar dignamente del hecho placentero de comer bien.
Estoy  deacuerdo con el filósofo  Michel Onfray en que no tengo nada contra aquel que disfruta de un coche de lujo. Lo que preocupa es que existan cada vez más pobres. Lo que puede hacer que se me atraganten los bocados, es recordar que en Estados Unidos un 1% de la población posee el 23,5% de la riqueza del país más rico del mundo, un desequilibrio que asimismo afecta a España, es decir, a nuestra vida diaria. También es cierto que no somos los culpables directos de que en el mundo estén contabilizados 925 millones de hambrientos, lo que sucede es que la evolución de los movimientos sociales, la misma presencia en la calle de tantos indignados, obliga a replantearnos nuestra vida, incluso en aquellos detalles que parecen tener escasa importancia. Confieso que a veces me tiemblan las manos cuando describo los espléndidos menús que ofrecen los restaurantes  de alta gastronomia. Pero por otra parte, detrás de la cucharadita de caviar, se mueven los puestos de trabajo, la vida diaria de numerosas familias. Conciliar esta realidad con la inmensa pasta que pagamos por una degustación de trufa blanca, no es fácil.  Tampoco lo es caer en la glorificación del menú barato y tronado, algo parecido a las soluciones totalitarias de nazis y comunistas, capaces de liquidar todo el arte moderno a cambio de unos cromos realistas. Otro día escribiré sobre el realismo en el arte.
Hace unos días puede observar al padre de todas las indignaciones, el señor Stéphan Hessel, afirmando la necesidad de trabajar en todos los sentidos, sumando tendencias en lugar de buscar soluciones en una sola dirección, tipo quemar Fauchon. Su postura podría resumirse en que hay que encontrar los métodos lo suficientemente fuertes para afectar a aquellos contra los que protestamos. En este sentido el mundo de la gastronomía tiene un potencial considerable que ha de ir más alla de los banquetes con tikets de alto precio y fines benéficos. La acción ha de ser continua e implicar con más fuerza a todos los sectores. La actividad de un restaurador como Eduard Arola, aflorando, haciendo evidente  la bolsa de pobreza difícil de detectar entre la tercera edad del bario del Ensanche barcelonés, dando las soluciones adecuadas, es una muestra de cómo podemos cambiar algunas cosas. Otra, que me expusieron recientemente en un coloquio, consistiría en reivindicar el aspecto lúdico, dando nivel revolucionario a la autoestima que comporta comer platos muy bien cocinados. Seria un salto importantísimo que lleva del rancho diario a la receta con ingredientes económicos, pero resuelta con mano maestra. Y es aquí dónde finaliza esta sugerencia: ¿ sería posible establecer un listado de chefs que cocinaran periódicamente, en los locales destinados a estos fines, aportando lo mucho que saben? Sería una manera perfecta de llevar el placer a la mesa y de implicar diversos sectores en un tema que nos alcanza a todos, comamos trufa blanca o no.

Miquel Sen

19 de octubre 2011