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La famosa chef Hélène Darroze, con establecimiento en Paris, cuarta generación de grandes chefs, esta ejercitando sus artes de cocina a fin de que su bebé coma como un pequeño gourmet. En principio la idea me parece estupenda, porque cualquiera de los lectores que ya no están en las más tierna edad, me darán la razón en que es mejor un puré de topinambours perfumado con tomillo, laurel y un poco de aceite de nuez que unas espinacas mal hervidas y peor cocinadas. Sabiamente madame Darroze procura ajustar al mínimo la sal y no superar los 25gr de proteínas animales, un peso que no castiga la fisiología infantil.


Al margen de que hasta hace unos años los niños (me refiero a los que podían comer) lo hacían según criterios intuitivos, pero tan estrictos que forman parte de la dieta mediterránea, la alta cocina al alcance de los minis es una novedad que está produciendo una excelente cosecha económica. Amparándose en esta magnifica idea, del 30 de enero al 3 de febrero, en 9 ciudades de Francia se han creado talleres de alta cocina en los que los ciudadanos padres de criaturas minúsculas pueden practicar las mezclas más sabrosas y adecuadas, bajo la dirección de grandes chefs. Como base ideológica de esta cocina se nos recuerda que el gusto se despierta en la mas tierna infancia, luego se pierde cuando los niños desarrollan la neofobia, en la que se niegan a probar nuevos gustos, para recuperar entre los 6 y 18 años los sentidos que definirán un buen gourmet.


No puedo dar referencia de esta teoría, porque no he conseguido los estudios  científicos en los que esta basada. En principio determinar que ha comido y que ha dejado de comer un bebé y realizar su seguimiento del gusto 15 años después, siempre dentro de parámetros de grandes estadísticas, me parece una obra tan interesante como faraónica. Lo que despierta mis sospechas, típicas de escritor receloso y mal pensado, es que los talleres del gusto para los más pequeños dependan de Thierry Fichet, jefe de cocinas de Blédina, es decir chef de los famosos potitos. Nada más lejos de mi malvada intención natural, pensar que en Blédina están creando una angustia más a los padres, una indefensión, cuando no tengan el tiempo ni el arte culinario imprescindibles para prepara una mini pechuga de Faisan con perfume de topinambur y cristal mágico de sal del Himalaya. Convencidos de que sus hijos están condenados al fracaso social, porque no hay dirigente de nivel que no tenga paladar de fino catador, abrumados por la pena de refregar por los morros de su criatura algo tan tonto como una sardina chafada con puré de patatas, correrán como liebres a la royal hacia la estantería más próxima, dónde todos los sabores de la alta cocina, firmados por los chefs  que han sabido arrasar a su favor, con el pensamiento occidental, están a nuestra disposición, para tranquilizarnos como buenos padres que somos. Una breve ración de anti ansiedad embasada, ya que al fin y al cabo estas recetas en potitos cuestan menos de lo que pagaríamos por elaborarlos en casa, y no hay duda de que nadie debe cuestionar la calidad del topinambur, ni el grado de oxidación del aceite de nuez, dentro de un mundo impecable dónde no cabe la barbarie de un puré de fruta ecológica hecho al momento, ni  de una tortilla acompañada por una verdura y pan con tomate. Eso no vende, ni crea industria con repercusiones ideológicas y económicas.  Lo bueno es el potito  gran chef con la firma del genio estampillada en oro.

Miquel Sen
5 de febrero 2012