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Restaurantes en los que hay que reservar [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Cuando vivíamos dentro de la gran burbuja inmobiliaria estaba prohibido recordar que todos los globos acaban pinchándose. La burbuja mencionada tenia en su interior otra más pequeña e inseparable llamada globo gastronómico. Era algo así como una película de Tom y Jerry, con su punto de risa ridícula incluida. Por supuesto cualquiera que se atreviera a decir que estábamos viviendo un cómic era reducido al silencio por los sesudos bienpensantes. Si se les decía que gastábamos más cemento que Francia y Italia juntas, era por nuestra tradicional robustez. Cuando este cronista periférico se atrevió a señalar que instalar cocinas con un costo millonario y elaborar platos altamente elaborados que solo pueden crear y disfrutar unos pocos elegidos nos iba a llevar a una sonora bofetada, fue agredido por la guardia pretoriana de la modernidad, que no quiso entender que el camino era compaginar las tendencias más novedosas con una cocina clásica, económica, sencilla, alejada de la reducción de un par de kilos de percebes para dibujar sobre el plato un cordoncillo. Ya lo dijo Paul Gauguin: “ muchos cocineros excelentes se estropean porque se dedican al arte”.  Es decir, hay que tener presente que no es fiesta cada día, pero que cada jornada exige el placer de comer, bien, dentro de unos parámetros en los que no son obligatorios los ejercicios intelectuales- sensitivos que pueden hacer de un almuerzo un ejercicio al que solo falta el onanismo.


Resulta que, atendiendo a criterios prácticos, un ciudadano de esta comunidad, el señor Ramón Raventos,  ha tenido la buena idea de pedir, via internet,  que restaurantes están siempre llenos, por lo que es necesaria la reserva. La consulta tiene su miga, dado que, de entrada, es positiva. Por otra, establece un criterio que podríamos llamar una lección de cordura entre aquellos que abrieron establecimientos con cocinas de última generación  de las que no disponían ni los más consolidados chefs, por ejemplo de Francia y otros muchos que no se dejaron llevar por el vendaval de la crítica fácil ligada al mundo del marketing, potenciadora de egos enormes.

 
El listado es muestra de una lucidez gastronómica que, por suerte, no se ha perdido. En Madrid constan, como no, Sacha, Ten con Ten y La Tasquita de Enfrente, en Barcelona La Bodega Sepúlveda, Táctica Berri, Sense Pressa, Pep de les Ollas o Can Vallés, dentro de una letanía de direcciones del buen comer que acaba, o empieza en Can Roca de Girona, dónde las esperas ya son de tres meses. Dicho de otra manera, en este país caben todo tipo de cocinas, siempre que estén fundamentadas en el sentido común, y este ha faltado, por lo menos, todo un quinquenio.

 Miquel Sen