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En los días angustiosos que estamos viviendo es casi una obscenidad escribir de bocados finos. Lo que toca es hacer unas reflexiones sobre el poder y todo lo que le rodea. Una fascinación que es fácil de detectar asistiendo a un cambio de tribu, sea la de François Hollande por la de Nicolas Sarkozy. El áurea del que manda ciega a los más próximos, incluidos por  supuesto los periodistas que, por desgracia viven del poder. Si es necesario especificar sobre este encantamiento, le recuerdo al lector el caso patético del ex presidente del banco mundial, el señor Dominique Strauss-Kahn cuando en una reunión informal celebrada en el restaurante Aux Lyonnais, de Paris, cuenta a sus fieles periodistas que tiene un punto flaco por dónde peligra su puesto y la campaña para la presidencial: su adición al sexo. A pesar de lo impactante del mensaje, los periodistas no reaccionan ante la noticia, y cuando lo hacen es al mes del escándalo de DSK en Nueva York.
Lo que es valido en este caso se puede aplicar igualmente en nuestro país a cualquier escala, dónde ningún tertuliano, ningún político fue capaz de pinchar la burbuja inmobiliaria, aterrorizados todos por la mirada de la serpiente del dinero. Un terror, una conformidad, una acomodación a lo fácil, a los euros que todo lo arreglan que se extendió a la burbuja gastronómica, que había llenado el país de infinitos congresos en los que la administración dejaba caer muchos duros, a cambio de la presencia de los cocineros mediáticos, orquestados por muy pocos directores de banda de música. El resultado fue la creación de un mundo cerrado en el que todo estaba permitido, incluso la falsa noticia de la desaparición de un critico gastronomico en El Bulli, una patraña de mal gusto que llevó hacia Cala Montjoi un completo grupo de rescate, helicóptero incluido, que pagamos entre todos.
Como mantenerse al margen de los grupos de poder lleva a la exclusión económica y social, nadie, o muy pocos se atrevieron a decir que buscar fondos de soporte del sabor a base de percebes y aloe vera, o de micri, era un ejercicio elitista que acabaría sin mayor trascendencia. Nadie podía escribir que un país necesita una cocina excelsa para cada día, al margen de una alta restauración, también divina. Reivindicar una cocina popular, económica, bien hecha, era una actitud reaccionaria al tiempo que decir de un foie con chocolate no estaba bien resuelto hacia del atrevido , sujeto de la banda de lobos que siempre rodean el poder, o el dinero, que viene a ser lo mismo.

Miquel Sen