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La inocencia, pariente próxima de la ingenuidad, suele recibir un navajazo cuando se deja atrás la adolescencia. No obstante, siempre queda una pizca, esa que se ha dado en llamar confianza en el género humano. Es la suficiente para suponer que el nivel de las traiciones tiene un límite.
La política que estamos sufriendo este último año niega esta posibilidad, lo que es gravísimo dado que la punta de inocencia que guardamos de adultos, si se pierde, lleva directamente al desespero, o a un exilio mental, única puerta a la salvación personal. No hay otro escape, porque si consideramos que toda una clase dirigente y a todos los niveles, está pringada de corrupción, es fácil suponer que esta ha llegado a cualquier estamento,  incluyendo los más o menos íntimos y placenteros, como la cocina.
Dejo que otros pasen cuentas de como se ha gastado el dinero en el binomio turismo-gastronomía. Seguro que tendrán trabajo. En lo que no estoy de acuerdo es en un fariseísmo creciente que culpa a chefs y restauradores de haber dado de comer mucho y bien a casi todos aquellos que durante estos años se han apropiado del dinero público. Evidentemente en esas cenas copiosas también figuraban aquellos que tenían espacio mediático para señalar el despilfarro. Cuando un ex Conseller, no cito nombres, a estas alturas no tengo ganas de guerras, se dejaba caer en una famosa charcutería barcelonesa y pedía un “lio” entendiendo por tal un bocata de caviar, nadie decía nada. Al contrario, su guardia de corps recogía las migas de su poder. Cada una de ellas era una pizca de consentimiento, de desidia moral, un paso más hacia el chollo. Luego vinieron los procesos judiciales que no llevan a nada, ni tan siquiera a saber de que cuenta se pagó el caviar.
Ahora le toca el turno a Via Veneto, el restaurante barcelonés, de recibir las criticas por haber dado de cenar a el ex Duque de Palma y la Princesa Cristina. Como si esta situación fuera nueva en el mundo de la alta restauración y a los propietarios de los restaurantes se les pudiera exigir que tuvieran en cuenta la catadura moral de su clientela. En Chicago y New York los gángsters de las familias italianas comieron tanta trufa blanca y tan cara que la pusieron de moda. En el Maxim’s de Paris tenia mesa Pierrot le fou, as del asalto y la metralleta. En ambos casos ya se sabia cual era el origen del dinero con el que pagarían la cuenta. Pero este gravísimo problema no lo tenia que solucionar el cocinero, si no la judicatura, el ministerio de justicia, dos estamentos que han perdido la capacidad de defensa de nuestra sociedad. De tal manera que ya es hora de que sepamos en que mundo vivimos, un mundo que ya era el mismo  cuando aquel Conseller pedía un “lio” y todos, o casi, aplaudían. Era, y es, un mundo sin futuro.

Miquel Sen