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Como estamos en lo mejor de la temporada, las fabes que compro a los pequeños agricultores de Corme, me permiten una cocina rica, que me llena de optimismo, más aun cuando veo como las cultivan, sin fertilizantes industriales ni pesticidas . En buena parte esta vuelta a la naturaleza se debe a que ya no les sale a cuenta gastarse un buen dinero comprando a Monsanto el veneno apropiado.
Lo malo es que, mientras que las fabes dan el primer hervor, me asalta una de esas dudas que jamás hay que plantearse si se quiere ser feliz y creativo como manda el pregonero de la fiestas de la Mercè. Pienso que la compra directa de mis fabes forma parte del comercio justo, e inmediatamente se me ocurre que, si existen tiendas de comercio justo, quiere decir que hay otras muchas que no lo son. Una reflexión con buena dosis de perversión, que recupera de mi memoria de olvidos un reportaje que he visto en el canal 3 de Francia sobre los productos de oferta a 1 euro que revientan cualquier propósito por parte de los campesinos de ganarse la vida dignamente. En este memorial de agravios al sentido común se visualizaba como se llega al precio increíble de 1 euro por 1kg de plátanos. Para conseguir lo imposible, y lo imposible siempre es  fruto de una injusticia, las compañías fruteras francesas explotan fincas infinitas en Camerún utilizando todos los sistemas que la selecta Europa ha borrado de su vocabulario, explotación del trabajador, vertidos incontrolados de productos tóxicos, salarios miserables y una falta total de control  sobre las mismas enfermedades que provoca esta tortura al medio ambiente. Una realidad que no va a cambiar mientras los ministros del país africano tengan cargos directivos en las compañías fruteras. El dinero marca la manera de vivir y pensar de los humanos con poder, como antes decía la iglesia que lo hacia Satanás.
Acaba de amargarme el día en que debiera ser feliz y creativo la segunda parte del reportaje. Hasta ahora los demonios eran africanos y franceses, pero en cuanto el realizador ataca las ofertas de pescados baratísimos, tirados de precio, sale España en primer plano, a través de los puertos canarios que son la puerta de Europa hacia la pesca brutal, realizada en pesqueros enormes, viejos, jodidos, en los que se amontona una tripulación de africanos tratados a patadas, a bastonazos. Como el pesquero, camerunés, nigeriano, lleva bandera coreana y este país ha cerrado acuerdos de pesca con España y la Unión Europea, el material que arranca al mar de cualquier manera, tiene pasaporte en el mercado común. Lo dice la comisaría de pesca del Parlamento Europeo, que asegura nada puede hacer frente a la potencia del capital, luchando únicamente con sus 20 subordinados.
Mal lo tenemos aquellos que queremos comer compaginando conciencia y satisfacción.  Tal como están las cosas, no podemos oponernos al consumo de productos de oferta baratísima. Pero por otra parte, tampoco podemos callar que tras de cada kilo de plátanos a 1 euro hay trabajadores  carentes de protección, gaseados por un a avioneta. En origen,  vale más la mascarilla que el kilo de bananas. Entre tanto, es cosa de poner chorizo a mis fabes y seguir al líder de la inventiva. Sobre todo no hay que mirar más allá del acero de nuestras perfectas y diseñadas  cocinas creativas. Hay que ser optimista a toda costa.

Miquel Sen