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Con una velocidad constante, implacable, estamos aceptando ordenes que hace poco hubieran causando una revuelta social. Exiliados en un campo de concentración personal, no decimos ni pío ante un panorama desolador. Basta con que llegue una estadística para que inclinemos la cabeza como frente al Señor. En un país dominado por la corrupción, la única doctrina política valida, rodeados de congresos gastronómicos y de comedores de Cáritas, cuyo banco de alimentos es el único banco honesto, sonreímos beatíficamente ante nuevos datos que afirman la tendencia inapelable de dedicar un máximo de 30 minutos a la comida. La verdad irrefutable llega de Alemania, el país líder de la economía Europea, un espacio político en el que van a compartir el poder sus dos grandes partidos. Una realidad que va a liquidar la oposición, cosa que está muy dentro de lo que toca hoy en día.
Como en 30 minutos solo tenemos tiempo de abrir la nevera y aposentar nuestro culo en una silla, la industria agroalimentaria viene en nuestra ayuda. Se trata de dar de comer al cansado trabajador capaz de aceptar calladamente un trabajo mal pagado y zamparse cualquier cosa que quepa en el plato, alegrando su existencia, dándole la seguridad de que está en el camino correcto. Para eso están las campañas, las ferias, los diarios que informan de las bondades de los precocinados. Las vacas locas, los caballos, troceados hasta ser relleno de lasaña, los salmones putrefactos, las percas africanas que han destrozado medio Congo, las sepias que se pescan en la India, se hinchan de conservantes y se matriculan en Inglaterra o en Irlanda, son un ejemplo de una manipulación que figura en el apartado de pequeños accidentes. Si alguien duda frente a los embasados tan tentadores, la industria tiene el arma secreta de echar mano de cocineros con gorro y fama que, en la siguiente feria, dirán que han creado una fórmula, una gama superior, claro está, algo más cara, que reúne todas las virtudes culinarias que estábamos esperando: tiene sabores contrastados, es divertida, imaginativa y creativa.
La maldita idea de que hay que dedicar media hora al almuerzo implica que tenemos el resto del día para hacer otras cosas tan sugerentes como ir en coche al gimnasio para hacer bicicleta estática. No obstante, desde que el mundo existe, el día ha tenido 24h y el reparto de este tiempo en actividades es, precisamente, el gran pastel que se reparte la industria alimentaria. Frente a este rodillo, pretender impulsar un consumo de ingredientes frescos, saludables, a comprar en la plaza, volver a darnos el tiempo que nos están quitando  de disfrutar en la cocina, es una utopia. Si seguimos dando razón a las estadísticas, los que no miramos el reloj mientras limpiamos unos calamares frescos acabaremos en un campo de concentración para bobos que no saben ser corderos obedientes.

Miquel Sen