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A medida que nos adentramos bajo  la puerta de Urano, de la que los esoteristas dicen es el punto de inflexión de la madurez, la vida tiene tantas divisiones entre lo viejo y lo nuevo, y divisiones entre las divisiones, que hacen difícil entender las ideas únicas.  Personalmente mi mente cambia y mis afectos se extienden. Recibo un montón de datos caóticos y conseguir hacer de ellos un mensaje razonablemente coherente me cuesta un notable esfuerzo.
Probablemente es una de mis muchas culpas. No puedo entender como hay tantas cosas, personas y productos que son los mejores de mundo, los números uno indiscutibles. Recibo en esta misma revista la nota de prensa de que un queso manchego es el mejor del mundo y de inmediato sufro un desmayo como los que padece Ignatius, el gordo protagonista de la novela de  John Kennedy Toole:  La conjura de los necios. Cuando me recupero, pienso que ser el mejor del mundo y ser un queso manchego es algo parecido a ser el dios de los quesos, porque ser el mejor entre los miles de quesos distintos que se elaboran en este planeta es, nunca mejor dicho, algo así como la hostia. Afirmar que entre tanto manchego bueno se es el mejor ya tiene guasa, pero meter en el mismo cesto manchegos con los demás quesos de España, más los franceses e ingleses y lograr que un jurado te de la medalla de oro es algo divino.
Igual sucede con los jamones. Si, con la mente llena de compartimentos, de fichas en los que he archivado todo lo que he conocido hasta llegar a la famosa puerta,  me dijeran que diera el pergamino de oro al mejor jamón, creo que me volvería loco. Decidir cual de las Denominaciones de nuestra península es superior ya me parece una tarea mítica, pero añadir al titulo, con desprecio de cualquier clasificación previa, que un jamón determinado es el mejor del universo, es de un ridículo infantil. Seria mucho más verosímil establecer un listado de los peores.
Pero parece que el mensaje de ser el mejor del mundo ayuda tanto a vender como a que te crezca el ego. El comprador se fija en el collarín de la botella de vino de la mejor bodega del mundo, en la paletilla decorada con el mismo titulo, y se lo cree. Por lo menos hasta que llega a su casa y cata estos productos que, con buena suerte, son de segunda fila.
La devoción por ser el mejor del planeta alcanza a los cocineros, sin pensar de que parte del globo son los mejores, en un ejercicio de reducción a nuestros valores occidentales que recuerda los criterios del siglo XIX, cuando todo lo que no era blanco era negro, malo y barato. La China, con sus mil millones de habitantes no tiene ni un cocinero bien puntuado, próximo a la divinidad. Solo lo tendrán cuando comiencen a beber la mejor agua del mundo.
La suma de tantas razones me ha decidido a darme el Premio al Mejor del Mundo y no en un sector determinado de mi actividad, si no en todo lo que hago y escribo. El titulo me lo ha conseguido un jurado inteligente, invisible, de fidelidad canina e indiscutibles conocimientos sobre todas las materias que trato. Lamento que de esta titulación hayan quedado al margen un montón de de escritores de mayor valía, pues así me sumo a una forma ridícula de pensamiento único que no aguanta la más mínimo reflexión, dado que el camembert no es mejor que el manchego y viceversa. Todos pueden ser muy buenos , regulares, o puro fraude. Decir el quien es quien es un juicio personal, complejo, que obliga a tener en buen funcionamiento todos los archivos de la mente. Lo demás son agotadoras  técnicas de venta, más o menos perversas.

Miquel Sen

Foto: La puerta de Urano escultura en bronce de Emili Armengol
Col personal  Miquel Sen