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EL TEMAMasqueta d arròs, la receta de Ca l Eulàlia, y el vino Chivite Las Fincas Rosado. Por Miquel Sen

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Las uvas de la suerte y la teoría de los doce sorbos [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Pocas tradiciones están tan arraigadas en España como la de conjurar el año que llega tomando doce uvas. El espectáculo tiene el poderío suficiente como para arrastrar a otras tribus de más allá del Pirineo que comienzan a creer que los doce granos mágicos tienen mucha más fuerza que el confeti y las serpentinas. Lo curioso de esta costumbre, entre divertida y gastronomica, es que no existe una historia que justifique lo que ahora ya es, además de leyenda, una norma que obliga a comenzar el año comiendo doce uvas, una por cada mes venidero. Tampoco existe una teoría clara que permita explicar el porque de esta fijación entre las uvas y un reloj concreto, el de la Puerta del Sol madrileña. Una posibilidad se establece a partir de una excelente cosecha de uvas moscatel que se dio en Alicante a principios del siglo XX. Eran las llamadas uvas de colgar. El exceso de producción llevo a los vendedores de turrón alicantinos a anunciar la fruta fresca en las grandes capitales. Es evidente que uvas y melones se han asociado con las comidas navideñas, pero en muy pocos casos una costumbre de origen rural se ha impuesto en la capital y aun menos en una hora determinada del último día del año. Otra historia de uvas nos lleva a la corte de los Borbones, en Nápoles. En 1880 Francisco II disponía de un reloj cuyos contrapesos tenían la dimensión de granos de moscatel. Al parecer, una noche de San Silvestre el monarca comió las uvas al ritmo del reloj, y con el, toda la corte. Evidentemente no se conocen documentos que justifiquen el acontecimiento, pero si que es verdad que otro reloj, el de la Puerta del Sol, tiene una bola cuyo movimiento, 28 segundos antes del inicio del año, indica el instante en que debemos comenzar a tomar las uvas. El hecho de que este reloj date de 1886 podría ser un punto de unión con la teoría napolitana.


Las uvas que nos comeremos la noche señalada ya no son de colgar, si no que provienen de levante o de viñas brasileñas plantadas en Copacabana. Son de tanta tradición como consumir las últimas “neulas”, que el tiempo y la humedad ablandan. Estas si tienen historia, pues están referenciadas en un banquete que el rey Jaime I celebro en 1267. A partir del siglo XIV toman la forma que ahora conocemos, manteniéndose como uno de los postres navideños  más antiguos. Tanto en Francia, donde se llaman cigarrillos rusos, como en la península, la costumbre de servir neulas, o barquillos de pasta más gruesa, forma parte del panorama gastronomico del fin de año.


Otro ritual que ahora parece inamovible consiste en brindar con cava o champagne. Últimamente estoy intentando crear una leyenda urbana que asegura que doce pequeños sorbos de cava, en cantidades homeopáticas, son la mejor manera de propiciar la suerte del año que viene. Dentro del origen incierto del nuevo ritual, ( mi autoría ha de quedar en segundo plano) existen voces que afirman la obligatoriedad de que el cava sea rosado. En este sentido, no se nos dice si el color debe corresponder a la variedad Pinot Noir o a la tradicional Trepat. Como también esta teoría es difícil de justificar, existen profetas que aseguran fue el músico Rossini el primero en poner en practica los doce sorbos de fin de año. No queda referencia escrita de esta forma de brindis, auque si se sabe que el genial compositor envió una carta al barón de Rothschild pidiéndole que, en lugar de regalarle  uvas de su famoso château, lo hiciera concentrando el mosto en un esplendido vino de color rubí. Al año siguiente Rothschild le envió un barril, lo que permite suponer que pudo dar los doce sorbos, justo cuando sonaban las campanadas.

Miquel Sen