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EL TEMAQuim y Yuri, de El Quim de la Boqueria y su receta maridada con Priorat Cruor 2015

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Con la reiteración de la gota malaya recibimos el impacto de palabras que se ponen de moda. No hace muchos años nos persiguió la innovación. Si no innovabas eras menos que un ni ni, un poca cosa que merecía todo tipo de desprecio. Con la crisis se impuso otra palabreja, emprendedor. Si no emprendes estas out, y además eres mala persona, porque no haces nada para salir adelante.
El filósofo Xavier Rubert de Ventós escribió acertadamente contra estas falsas verdades. Dijo que ser innovador y emprendedor es un valor, pero la presión obligatoria para serlo acaba generando más cretinos que creadores. La prueba: la cantidad de objetos inútiles que nos atacan desde cualquier publicidad.
Con la palabra creatividad está sucediendo exactamente lo mismo. Entro en un gran almacén y me ataca un cartel que me recuerda la imperativa necesidad de comprar juguetes que exciten la creatividad de los niños de 0 a 3 años. Por lo visto, cuando tienes todo el mundo por descubrir y nada que te bloquee, también necesitas el latigazo de los publicistas especializados en hacernos más listos. Unos pasos más allá, dentro del mismo centro, observo unos tarros de mermelada que se anuncian bajo el reclamo: 125 años de creatividad. Empleando tanto tiempo en crear, la mermelada debería ser excelsa, suprema, como mínimo volátil,  pero resulta que es más empalagosa y taquicardizante que la inglesa de toda la vida. Es una situación frecuente en el mundo de la cocina, dónde se vende la creatividad como una virtud indispensable. Ya sé que otro filósofo, Bergson, escribió que este estado mental es necesario cara a conseguir cierta felicidad, pero doy por supuesto que, como tantos, se hubiera horrorizado de entender por creatividad el invento de la señorita Pepis, la espuma de nada, la esferificación  de la bolita de yogur, de la pelotita de aceite, tan mona como inútil.
Leo a Javier Marías en El País y me quedo con una frase ilustrativa: Numerosos creadores actuales quisieran ver desaparecer a Proust y a Shakespeare, a Flaubert y a Eliot, a John Ford y a Hitchcock, porque la lectura o la visión de sus obras no hace sino disminuir las de ellos, porque no suelen superar la comparación. Apliquemos este esquema a la gastronomía y será evidente que la creatividad solo está al alcance de unos pocos. Por ejemplo, el tan imitado y pocas veces citado Miguel Sánchez Romera.

 Miquel Sen 24/11/2015


Plato de Miguel Sánchez Romera (2001)


Plato de Miguel Sánchez Romera (2010)


La cocina de los sentidos de Miguel Sánchez Romera 2001