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El roscón de Reyes y sus historias [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Pocas fiestas gastronomicas están también documentadas como la Epifanía y muy pocos dulces tienen una relación tan clara con la buena y la mala suerte como el roscón de Reyes. Es una dualidad que ya conocían los romanos cuando se divertían en las Saturnales, las fiestas de invierno que coinciden con las navidades. Tal como haremos hoy se repartían un pastel que tenia escondida un haba. El que la mordía era coronado Rey. Sobre las habas existen distintas lecturas. Unas, de tradición romana, las transforman en verduras virtuosas que regeneran los campos, mientras que otras las transforman en signo de mal agüero. Los filósofos griegos seguidores de Platón parece que les tenía terror, mientras que los árabes las valoraban como portadoras de fertilidad.
La iglesia asimiló la Saturnal a la Epifanía, la fiesta de los tres Reyes Magos y transformo la galleta de harina de trigo romano en el roscón de Reyes. Con el cambio, el haba deja de dar buena suerte, porque esta le corresponde a una pequeña figura del niño Jesús. Así van las cosas cuando el día treinta de diciembre de 1792, en plena revolución francesa, el ciudadano Escipión Duroure pide y consigue del Consejo General Revolucionario que la fiesta del seis de enero, conocida como la de los Reyes, se transforme en la de los sans.culottes, y el roscón en galleta de la libertad. Con el decreto se recupera el haba de la buena suerte y se deja en el olvido el niño Jesús y cualquier otro tipo de corona. Pero las revoluciones, incluso las pasteleras, duran poco y en cuanto Napoleón Bonaparte se convierte en emperador, se da la orden de que la figura de la buena suerte tenga corona, mientras que al haba le corresponde el lado oscuro del roscón. En 1814 se hacen roscones, o más exactamente “galette des Rois” de fantasía, incluso de hojaldre y nata, mientras que en el resto del mundo cristiano se mantiene la tradición ligada a la suavidad del brioche y el relleno de mazapán. De este último se sabe que responde a una en latín de la que se origina otra, “marzapanus”. Según Coromines y Lujan, “marzapanus” designa el dulce típico de Navidad, el mazapán. Pero por otra parte, la palabra árabe  “mahsaban”, tan parecida, correspondería a una caja. Puestos a fabular, el roscón seria una caja que encierra el relleno de mazapán.
En Paris y en plena libertad creativa, se produjo una batalla entre pasteleros y panaderos. Unos eran partidarios de la máxima complicación y los otros de la simplicidad de la masa de harina. Ambos gremios pretendían la exclusividad de un roscón que se había enriquecido con figuras de porcelana alemana. La batalla, por la exclusiva de la venta, tal como sucedió años más tarde en España, quedo en tablas.
La tradición catalana implica la compra de un “tortell” relleno de mazapán, con corona dorada, un haba y una figura, más una decoración de fruta confitada que le da originalidad, pues otro tipo de roscones próximos a nuestras costumbres navideñas, como son los provenzales, no tienen el color brillante, festivo, que dan las cerezas, la cidra y las naranjas confitadas. Bajo ellas se esconde el equilibrio mágico entre haba y niño Jesús. Una relación que se está perdiendo a medida que se apuesta por figuras fabricadas en Taiwán, de estética cada vez más alejada de la inicial, lo que es un motivo para hacer una visita real o virtual al museo de Blain, donde se conservan más de 10 000 figuras distintas, autentica memoria de todos los días de Reyes.

 Miquel Sen