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Por Miquel Sen
Para conseguir visualización en este mundo perverso hay que liarla gorda. Cualquiera que intente encontrar su espacio de lectores sin hacer un ruido mediático importante lo tiene difícil. Así pasa con Gran Hermano Vip, que no resiste el empuje de MasterChef Celebrity.
En este último espacio de cocina teatralizada hasta el vodevil, los personajes de moda, de moda porque salen en televisión, han conseguido superar la audiencia de 3 millones de espectadores. Los héroes son Boris Izaguirre, Carmen Lomana, Antonia Dell’Ate, descubridores de que se pueden hacer callos con bacalao, lo que implica el chiste fácil (lo contrario es un imposible) de que el bacalao tiene pies. Manejando la ordinariez como arma para fijar la atención de una audiencia de la que me gustaría saber qué come mientras contempla el espectáculo (supongo que pizzas congeladas, bocatas de chóped y colas gaseadas) se llega a la máxima audiencia cuando Antonia Dell’Atte, la enemiga íntima de Carmen Lomana es expulsada porque su trabajo es una vergüenza, según el juez supremo Jordi Cruz. Y la gente traga, y tragará a la semana siguiente cuando Santiago Segura lance la fiera que oculta en el cogote (todos tenemos una fiera ahí escondida) y haga llorar a una guapa de moda. Las lágrimas dan unas audiencias tremendas, por lo que vale la pena provocarlas.
Si esta miseria da idea de cuál es el interés más general, básico, de la gastronomía en esta Península que nos ha tocado vivir, otra faz de la moneda, casi la misma, la plantea buscando la suciedad de una manera implacable el señor Chicote. Chicote tiene una virtud sobre los falsarios de MasterChef Celebrity. Cuando mete el cucharón consigue que la olla afectada sufra un efecto de desinfección. Por ejemplo, todos sabemos que a nuestros ancianos, en una amplia mayoría, los maltratan en las residencias donde están aparcados esperando el final. Pero es necesario que Chicote se meta en una de ellas para que las autoridades tomen alguna determinación. Una inspección que deja al margen a todas las demás en las que se columpian los demonios de la suciedad y la avaricia. La tele focaliza, no enseña ni educa.
De aquí que plantee dos ideas a cada bloque televisivo para llevar su audiencia a máximos históricos. Los chicos de MasterChef deberían iniciar una prueba consistente en tejer doradas bragas de caramelo, todo al hilo fino, que catarían los especialistas como Jesulín de Ubrique, la Pantoja u otro astro de esta misma especie. Graben la escena final en claroscuro y tendrán 4 millones de espectadores y 15 de pizzas congeladas saltando en el microondas.
Por su parte, Chicote tiene un filón en los mataderos. En Francia, que es un país algo más serio que éste, están cerrando instalaciones en las que el martirio animal es de una evidencia arrolladora. Si aquí se hiciera lo mismo, partiendo de la suciedad para llegar al sadismo de la solución final aplicada a vacas, pollos y corderos, tendríamos unos capítulos inolvidables de cuál es la realidad culinaria y social de España. Entre tanto, vayan ustedes calentando el plato de albóndigas en lata.
Doy por sentado que esta pequeña crónica de lo que nos rodea no va a tener tantos likes, me gusta, m’agrada como MasterChef. Tengo claro en qué debería cambiar para llegar a líder de la internet suprema, pero les prometo que me interesa más la historia de Herminia, una señora que en Ribadavia le da a un horno con 500 años de antigüedad, llenándolo de pastas resueltas según un antiguo recetario hebreo. La observo extasiado, mucho más atento que cuando en la pantalla cocinan y aúllan actores disfrazados de chefs histéricos.
Ahora ya pueden darle al like, al me gusta o a lo que sea. Seguro que los de MasterChef me ganan.