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Por Miquel Sen
En pocos años hemos tomado conciencia del valor de esta mini inversión que es la compra diaria. Individualmente es una gota en el mar, pero colectivamente, la suma de decisiones frente a las ofertas del mercado tiene una importancia capital. Más aún si pensamos que nuestra actitud, personal en un principio, deja de serlo en cuanto la hacemos pública en las redes u otros internautas le dan marcha en este espacio de ideas voladoras.
Así se entiende la cada vez más clara controversia sobre el hecho de comer proteínas animales. Un tema que da para muchos libros y escapa a mis discretas capacidades de análisis. No obstante, siendo omnívoro en el más amplio sentido, dicho de otro modo, practicando la pirámide de alimentos que finaliza en un entrecot de vez en cuando (por ejemplo en Río Sil y en temporada) tengo presente que estamos tratando de la peor manera a los animales. La cosa viene de largo, porque los grandes de la filosofía, inmersos en su mayoría en el pensamiento bíblico de que el hombre es el centro de la naturaleza al que deben de rendir pleitesía desde corderos a leones, se ha portado muy mal con los bichos.
Justificaciones las hay de peso. Por ejemplo Kant, en sus Lecciones de Ética se alinea con Tomás de Aquino diciéndonos “los animales no tienen conciencia de ellos mismos y no son por consecuencia más que medios en vista de un fin”. Descartes es más radical y afirma que “los animales no existen más que por el bien del hombre”. Puestos a declararlos insensibles, Spinoza, también da el palo: “la ley que impide matar a los animales está fundada más en una vana superstición y en una piedad femenina que en la pura razón”. Esto es, doble hachazo intelectual a los cuadrúpedos y a las mujeres. Por cierto, ya que el sexo está presente ¿saben del machicidio de los simpáticos e inútiles pollitos amarillos? Los aspiran por un tubo y …
También han existido defensores del buen trato a los animales. Como no quiero extenderme, señalaré un párrafo delicioso de Michel de Montaigne en el que cuenta: “cuando juego con mi gata no sé realmente si ella es la que juega conmigo”. Una posición mucho más inteligente que asegurar que los toros han nacido para ser troceados en público en un ruedo ibérico. No es una imagen poética, porque últimamente hemos visto la realidad de un despiece vacuno en un matadero de nuestra amada patria, un troceo prácticamente en vivo que nos recuerda qué sucede con los cerdos a los que se le corta la cola y los dientes para que no se muerdan entre ellos, algo lógico entre animales estabulados en campos de concentración, a las vacas que sufren descargas para atontarlas, pero de escaso voltaje, porque si no causan problemas de movilidad y atascan las cadenas de los matarifes. El tiempo es oro y el sufrimiento nunca ha entrado en los esquemas del capital.
Para sentirnos más tranquilos se ha creado un léxico cloroformizante: no hay brutalidad sino una “matanza técnica”, una extinción “sin estímulos negativos”. El comensal puede así creer que esa hamburguesa grasienta, llena de picadillo hasta extremos que supera el buen gusto, coronada por una lámina de queso plastificado y un montón de bacon, no tiene un origen natural. No es resultado de proteínas de animales que corrían por los prados, sino fruto de la varita mágica de McDonald’s. Ya lo dijo mi marxista favorito, Groucho Marx: “caballero no proteste, le dan más por su cochino dinero”.
El polo opuesto a esta reflexión está llevando a una guerra de guerrillas contra todos los que comen y venden carne. Es un fenómeno que la prensa intenta controlar (si se hace físico y viral estamos –todos- listos) pero que se puede observar en las televisiones francesas y belgas en las que, periódicamente, aparecen ataques en charcuterías y carnicerías e insultos a sus profesionales, que van desde el deseo de muerte a la amenaza de asesinato, más los consiguientes escaparates saqueados. De eso sé mucho, porque cierto día se me ocurrió escribir que los chinos comían perro, aunque yo, por razones culturales no lo hiciera y sintiera un vivo rechazo, y recibí todo tipo de maldiciones, cáncer más arriba o más abajo.
No se puede ser simplista. Incluso los budistas que no ingieren animales, nada dicen de otros budistas, los tibetanos, que incluyen en su dieta el fruto de sus rebaños. Es la lógica del sentido común, porque comer determinados ingredientes ayuda a sobrevivir, por ejemplo cuando se habita entre hielos a 3.000 metros de altura. La misma inteligencia que nos lleva naturalmente, a medida que nos hacemos mayores, a no tener las mismas apetencias por las proteínas rojas que cuando se es adolescente. Probablemente sin la presión industrial que pretende llenar el planeta de vacas y cerdos para que nos los comamos en un banquete continuo y sin esfuerzo de cocina prefabricada, nos moveríamos dentro de otra ética, respetuosa con todo aquello que está vivo y acaba en la cazuela, vegetales incluidos, porque estos también forman parte del universo. Por cierto, nadie puede afirmar que ser vegetariano nos llena de razones morales. Adolfo Hitler era un vegetariano estricto y ya ven ustedes lo mal que le sentaban las acelgas.
Es decir, mejor ser groucho-marxista de los que gastan su dinero sabiendo y asumiendo la procedencia de lo que zampen, sea del reino que sea.