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EL TEMACaldeirada de congrio, la receta de A Casa do Peixe y el vino Colección 125 de Chivite

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Entrar en las redes tiene cada día un coste mental más alto. Es inútil intentar pasar por encima de la bobada, porque esta no tiene control y aparece insidiosa hasta alcanzar el nivel de la verdad. Pongamos por ejemplo todas las afirmaciones que comienzan asegurando “la ciencia dice”. Tras el capote del pensamiento científico salta la trivialidad más absoluta o sencillamente una incultura de iletrados. Aquella que afirma que, comiendo ajos, o pepinos, o carne de burro se curan todo tipo de enfermedades, cánceres incluidos.

Es un desprecio increíble hacia todos aquellos que trabajan en los campos de la biología y la medicina, conscientes de la repercusión de su trabajo y de la dificultad inmensa de llevarlo a buen fin. ¿Piensan los que escriben “dice la ciencia” en que consiste encontrar nuevos marcadores tumorales para las células cancerosas? ¿Saben los años que hay detrás de una investigación para descubrir una mutación celular que puede representar un avance contra la maldita enfermedad mucho más allá de comer ajos?


El esfuerzo por hacernos asequibles sus descubrimientos queda en nada ante la tontería imperante que ha llegado por estas fechas al máximo de dos notas que quiero destacar: una el ticket de un bar, repetido hasta la saciedad en el que se cobran diez euros por tocar los cojones (en otra pizzería tocar las partes cuesta el doble). Un montaje cretino que ha llegado a alcanzar la prensa impresa. Otra: la afirmación de que comer croquetas en el momento del orgasmo lo aumenta de una manera positiva. Cosa curiosa porque nunca hubiera imaginado que tener la mente en tantas cosas, justo en estos instantes, y mantener la boca ocupada en masticar croquetas de jamón, dejando a la pobre sin otras funciones que, créanme, en la cama tienen su importancia, favorece la optimización del placer. Ya se sabe, el porno es reiterativo, pero al parecer siempre se puede aprender algo. Lástima que este algo no tenga la más mínima utilidad.


Por ejemplo, se está discutiendo la campaña de pesca del tiburón en la que la aleta se corta y el resto del bicho se tira. Es un problema que alcanza a todo tipo de administraciones, por ejemplo, los impulsores del proyecto FIP Blues de la mejora de la pesquería. Trabajan a nivel internacional para mejorar las capturas de pez espada y tiburón. Según ellos están comprometidos con la sostenibilidad. No pescan el tiburón zorro ni el amarillo ni el marrajo sardinero ni blanco.


Me lo creo, mucho mas que lo de la croqueta, pero me entran mis dudas al pensar que no hay nadie capaz de aprovechar la carne del escualo que se pierde en el mar. Almacenar en frío lo que vale poco cuesta un Congo. No sabemos de sus cualidades culinarias, no ha habido congresos de magos disfrazados de chefs que intenten evitar esa pérdida, aunque “dice la ciencia” que es proteína rica en numerosas substancias. Quizás si los especuladores de turno dijeran que el tiburón como la raya, que son pescados varios milenios mas viejos que nosotros, tienen dos penes, su captura se aprovecharía, asegurando que tal cantidad puede colaborar en el desarrollo del nuestro. Lo malo es que los escualos tienen dos, pero solo uno es funcional. Si lo “dice la ciencia” quizás nos los comeremos.