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Las burbujas del cava: entre la explosión y la implosión [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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Por Miquel Sen

Llevamos años viendo como una de las joyas vinícolas de Catalunya, el cava, está cruzando territorios peligrosos. Al margen de que determinadas actitudes políticas hayan llevado a su rechazo por parte de una amplia mayoría de consumidores nacionales, el tema es de más largo recorrido, sin olvido de que una copa tan ligada a factores emocionales, propicia como pocas al brindis, sufre mucho más que otras cuando entramos en este capítulo en que pasión y sentimiento van de la mano. Cambiar esta copa tradicional de la noche de Fin de Año por un vaso de cerveza es de una elocuencia trágica.


Aparte de este problema de aceptación, el sector está en guerra. Tan activa que es difícil señalar cuantos frentes hay abiertos. La base del conflicto arranca del precio al que se está pagando a los payeses, sobre 30 céntimos que muchas veces son 28 por un kilo de uvas de las variedades tradicionales en el Penedès. Con esta cantidad no se paga ni el sudor, ni ponen en marcha los tractores. Al frente de este combate se encuentran los grandes elaboradores, la tradicional Codorníu y la alemana Henkell-Freixenet, detentoras de récords Guiness en pista cubierta en la consecución de burbujas a bajo costo. En otro flanco Corpinnat aúna a una serie de cavistas de reconocido prestigio (Gramona, Llopart, Nadal, Recaredo, Sabaté i Coca, Torelló, Can Feixes, Júlia Bernet, Mas Candí) que llevan años trabajando con vendimias propias, buscando la mejor expresión del territorio en forma de vino. Pero hay más, el presidente de la Patronal Institut del Cava, un enólogo de amplio reconocimiento, Damià Deàs, y responsable de Vilarnau, una referencia de bodega de dimensiones humanas, se encuentra en un fuego cruzado en el que también aparecen otras firmas de mayor volumen, como Juvé & Camps.


De entrada no se puede decir que todas las bodegas que elaboran un buen número de botellas ofrezcan productos de baja gama. Volvemos al tema de Juvé y Camps con muchas viñas de propiedad. Si catamos todos sus productos encontraremos un nivel entre alto y muy alto. Es decir, se pueden fabricar muchos coches, pongamos por caso BMW, a su precio, y no tienen por qué ser latas. ¿No les parece?


Una vez demostrado que las huelgas no han servido de nada, aceptando que el precio ya no podrá variar en esta cosecha, por lo que será el mismo que en 1998, a un espectador interesado por este tema le queda el resquemor de pensar si los grandes del sector actúan como una multinacional. Concretamente Freixenet, o mejor dicho los alemanes de Henkell, dan la impresión de que si pudieran encontrar una producción equivalente en un país asiático, Bangladesh por ejemplo, comprarían las vendimias y las transformarían en Asia, deslocalizando la empresa y dejando el estético edificio Freixenet como un referente turístico. El hecho de que cada uva, cada racimo haya sido parte de un paisaje centenario, poco tiene que ver con conseguir una calidad baja a un importe que permita mover millones de botellas. El consumidor que busque nivel ha dejado de tener interés. Lo demuestra cómo se vende y se promociona por las grandes empresas este llamémosle producto en el extranjero. Cuando Corpinnat decide aumentar el precio y llega a los 70 céntimos es evidente que hay más soluciones que hacer pasar por el tubo a los agricultores.


Hace unos años leí un grafiti pintado sobre una pared de Vilafranca del Penedès en que se descubría el nombre de un gran productor de vinos de chatarra (es decir logrados con segundas prensadas, estrujadas a fondo, adicionadas con química de todo tipo) bajo este epígrafe: “Acuérdate que el vino se hace con uvas”. Y el cava con las variedades autorizadas y plantadas en el Penedès fruto de cuidadas producciones, no de obligar al alto rendimiento, al máximo de kilos por hectárea, para que el agricultor pueda sobrevivir.


Última y buena noticia: Juvé & Camps se suma a los 70 céntimos/kilo.