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EL TEMARabo de buey con cigalas: la receta de Can Pineda y el vino Finca Garbet de Perelada

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A LA ESPERA DE LA LIBERTAD CONDICIONAL [ Ir a EDITORIAL ] [ Volver ]
 

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A veces las autoridades chinas cuentan la verdad. Una de ellas es la detección del caso cero de Covid-19 en Shanghái a partir de un contagiado llegado de la ciudad de Wuhan. Un pobre señor que no sabía estar afectado por la enfermedad y que se sentó muy ufano en un restaurante. Imagínense una fila de tres mesas y en la central el caballero que es el único infectado. En las dos adjuntas cayeron enfermos una buena cantidad de comensales, pero no todos. Dos por mesa se salvaron. En el resto del establecimiento no se contabilizaron infecciones. La explicación es: el primer grupo, la primera línea estaba sometida a una corriente de aire proveniente de la refrigeración en modo ventilación.
La noticia es pavorosa. Así pues, las mamparas serían superadas por la onda que tiende a moverse sinuosamente impulsando el maldito virus. Mala jugada para aquellos que tenemos una manera de vivir a la española, el montadito el zurito y la proximidad física, una forma de camaradería que borra las asperezas de la vida diaria. Tendríamos que mantenernos más o menos alejados, aproximadamente a la distancia en que un sueco se separa de otro en la parada del autobús, a varias leguas y sin decir ni mu.



La siguiente consideración sobre esta facilidad de difusión de la infección nos lleva al verano. El cambio climático, fiel como un imbécil, nos espera en las puertas de julio. Demos por hecho que se acabaron los pinchos a la vista, el divertido sírvase usted mismo que ya contaremos los palillos y la paella única en la que todos metíamos cuchara. En media España el calor obliga al aire acondicionado. Miles de empleados, sin incluir personal de hotelería y las kellys, de las que habitualmente nos olvidamos, dependen de la solución de este detalle.



La cifra me parece corta, pues si en Francia son 800.000, tal como están aquí los contratos, el número de afectado podría aumentar casi hasta al doble. Forman un grupo social con una actividad crucial, porque al margen de tirar del sector agrario, dan vida laboral, salarial, a una parte muy joven de la población. Sin servicio de tapas, platos y vinos, una mayoría de personas situadas cerca de la treintena pasarán hambre.
La inteligencia tiene formas muy diversas y solo los estúpidos piensan siempre con carácter uniforme. La inteligencia crea ante la dificultad mientras que la estupidez muestra su estilo burocrático. Se ha demostrado en los hospitales que han sabido romper sus muros frente a los señores del permiso y el papel sellado. Al tiempo que en España se plantean debates parlamentarios sobre si los niños hasta los 12 o 14 años deben corretear una hora al día, los temas realmente trascendentales (la libertad individual, el imperio de la medicina como arma de control, la salud como verdad suprema, la vejez como sinónimo de inutilidad productiva) quedan aparcados definitivamente, entre otras cosas porque no hay nadie que sea capaz de inventarse un libro de instrucciones ante una enfermedad que no sabemos cómo actúa.



Como queda dicho, las mamparas no sirven. Así que adiós a la refrigeración. Lo que es soportable en Normandía, será un martirio en Marsella. O dicho de otro modo, en Galicia no será necesario el aire acondicionado, que es natural, pero en Sevilla, si no hay frío artificial, no hay bicho viviente que salga de tapas. Dicen, en Francia, que se ha calculado al detalle la repercusión de estas cuestiones. Que sin un 85-90% de ocupación no puede funcionar un restaurante de forma rentable. Vamos, como los aviones: si no tienen los asientos cubiertos no vuelan. Dando por hecho que en España a finales de junio, el 40% de la hostelería se habrá hundido irremediablemente, las propuestas más sugerentes deberían conducirnos a soluciones de lo más versátiles, como preparar menús para llevar, tal como están haciendo en Barcelona diversas casas con pedigrí. Evidentemente esta actividad no cuadra con la alta restauración que tendrá que aprender a vivir sin los clientes que llegan del extranjero. Hacerlo a partir de los paladares y carteras más poderosos del país no va a ser fácil. Tendremos que cambiar el horario de almuerzos y cenas, hacerlo en varios turnos. Inventarse un sistema de reservas estable, lejano a la estupidez del individuo que cita y no va. Hay que disminuir los alquileres, más vale bareto abierto que cerrado.



Otras vías serán evidentes, como las cartas de vinos y menús en tabletas que se puedan desinfectar una vez que se usan. Al margen de termómetros y geles hidroalcohólicos, la única manera que entiendo posible de conseguir el mínimo público para que la economía del establecimiento funcione es abrir los muros, y eso lleva a la ampliación de las terrazas. Contando con la disminución del gran número de guiris que las ocupaban, doblar el espacio conquistando momentáneamente el asfalto puede ser un sistema para aumentar la presencia, dentro de las normas de distanciación, de unos ciudadanos que van a salir con miedo. Otra acción a realizar, difícil de lograr, es conseguir que perdamos el terror a volver a sentarnos en una mesa en la que los circundantes nos van a parecer potenciales enemigos. No hermanos de jarana, sino feroces intermediarios del virus. Como el señor de Wuhan.



Lo malo es que para este tipo de salidas se necesita agilidad administrativa. En Barcelona, por ejemplo, me temo que va a ser imposible esta cesión altruista de terreno del automovilista y el viandante. Muchos de los bares, baretos y chiringuitos con sede en la playa ya han anunciado el cierre. El ayuntamiento, con la generosidad característica, les devuelve a cuentagotas el dinero que ya habían gastado en alquileres. Cargarse de un plumazo la política imperante hasta la fecha de ir reduciendo terrazas, requiere de una ligereza de espíritu que no tiene la administración, ni los partidos.



A estos les gusta discutir sobre si han de ser niños de 12 o 14 los que crucen la calle. Menos mal que no han hecho un pleno extraordinario para decidir si tenían que ir con chándal, que es de izquierdas o con calcetines blancos y falditas de cuadros, que es de derechas. Por cierto, según las estadísticas, los pederastas, tanto de derechas como de izquierdas, prefieren los calcetines y las falditas.