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EL TEMATRINXAT DE MAR Y MONTAÑA, LA RECETA DE LA TAVERNA DEL CLÍNIC Y EL VINO CHIVITE COLECCIÓN 125 BLANCO.

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LA NAVIDAD ES UN GÉNERO LITERARIO (Hemeroteca)
Por Antonio Vergara
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Antonio Vergara: Nacido en Valencia, lleva más de tres décadas ejerciendo la labor de periodista gastronómico, con una mirada a lo Far West. El cine y el jazz son también su telón de fondo. Sus inicios fueron en la Cartelera Turia, en 1972 y desde entonces no ha dejado de colaborar en distintas publicaciones, como La Cartelera. Publica los sábados una sección gastronómica semanal ('Menús variados') en el diario 'Las Provincias' de Valencia y los domingos una columna de opinión ('¡Salve y usted lo pase bien!) en este mismo diario". Su primer libro fue Comer en el País Valencia. Le siguieron la Guía Seat Panda, Comer en Carretera, De tapas por Valencia, La España dulce y Protagonistas de Nuestra gastronomía, editado por Editorial Prensa Valenciana S.A. Es director del Anuario de la Cocina de la Comunitat Valenciana. Detenta el Premio del Festival Cinegourland (Cine y Gastronomía),concedido por su dilatada dedicación a la gastronomía y a la crítica cinematográfica.


Las navidades serían mucho más navidades –atendiendo al tópico visual- si diluviaran sobre todo el país toneladas de nieve. Hay que entender el asunto. Así como en Suiza u otros países la nieve forma parte del paisaje, sea Navidad o no, en la Región Valenciana, verbigracia, la nieve –si apareciese- potenciaría el mito navideño.
Como normalmente no sucede, debemos contentarnos con unas entrañables fiestas familiares en blanco y negro (a veces más en negro que en blanco y negro).
“Navidades blancas” fue una película (navideña) que tuvo mucho éxito en su momento (años 50), a pesar de que la interpretaba –y lo que es peor: la cantaba Bing Crosby-, especialista en aburrir con cualquier melodía, en este caso la partitura de Irving Berlin.
Queremos decir que la Navidad es en sí misma un género literario, musical, culinario, sociológico, existencial y religioso.  Da para mucho, la Navidad.
Más o menos todavía subsiste el hábito de la cena de Nochebuena, el almuerzo del día 25 (Navidad) e incluso las comidas del segundo y tercer día de Navidad. Un servidor prefiere dejar la cena de Nochevieja al margen, pues ya está totalmente desprovista del carácter cristiano de los ágapes citados, y en 2013 es mero gamberrismo y garrulería. . Es sobre todo en la Nochevieja cuando los seres humanos se dan cuenta de que les queda un año menos de existencia (con suerte) y de que la vida es, como dijo el poeta, “cuatro siestas” .Esta frase se le atribuye a Winston Churchill, quien incorporó la siesta a su dieta, es decir, al güisqui y los cigarros habanos.
Actualmente no se respetan al cien por cien los hábitos culinarios tradicionales de estas fechas. Yo no concibo los menús navideños sin algo de sopa, algún puchero, ciertos géneros al horno (pescados o cordero, por señalar), carne mechada, carne de libro, muy culta (la hacía mi mamá, y estaba exquisita), merluza rellena –da igual que sea de  Namibia: no podemos luchar contra la globalización- o, ya en plan “Sophisticated Lady” (soberbia composición de Duke Ellington), pavo relleno trufado y asado en su jugo.
Las comidas y las cenas de estas maravillosas y deprimentes fiestas navideñas (ahí reside buena parte de su encanto, en la posible depresión que desencadenan) no serían tales si toda persona que se sienta capaz de colaborar con alguna aportación culinaria inhabitual en la rutina de los hogares durante 361 días al año no lo hiciera, por timidez o inseguridad.
Son días de experimentos guisanderos. Unas veces cursan con éxito y aplausos; otras, se saldan con elogios porque es Navidad y la voluntad y las buenas intenciones merecen, cuando menos, un respeto.
Aunque no somos tradicionalistas a ultranza –sólo muy heterodoxos-, defendemos que en Navidad hay que perpetuar algunas costumbres culinarias, que van indisolublemente unidas a otras, religiosas, culturales y hasta musicales. No somos capaces de entender la Navidad sin el concierto de Año Nuevo, en Viena, y la música de los hermanos Strauss
Las tradiciones navideñas, cuando no perjudican a nadie ni son un pretexto para mirarse en el ombligo del pasado, pueden procurar ratos agradables a los seres humanos. Y siempre está el aliciente de comprobar cómo se detestan las cuñadas.

Antonio Vergara