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El Mercader del Eixample: cocina de interior

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Por Inés Butrón


En este piso del Eixample con entrada atípica- escalones a la manera brooklyniana, macetas de flores y hierbas aromáticas acompañando el taconeo, arboleda y ventanales de librillo- se esconde un acogedor restaurante de eso que podríamos llamar la Barcelona secreta, si no fuera porque el título está muy trillado y sus connotaciones desviarían al lector de mi propósito.




El Mercader del Eixample, que no de Venecia, ama el lujo que no se enseñorea, el buen vivir de los que se cobijan en pasajes, esas pequeñas calles entre otras dos calles que sirven para albergar, resguardar y alejar de las miradas indiscretas verdaderas riquezas arquitectónicas. O gastronómicas...




Claudio Hoyos, propietario de El Filete Ruso, uno de los pioneros en dignificar la hamburguesa en la Ciutat Comtal y en saber dar la pirueta necesaria para que el emblema del Fast Food se sacudiera su sambenito y se aliara con su antagónico movimiento, el Slow Food, es ahora quien lleva las riendas de este coqueto restaurante de rincones interiores y de cocina de productos seleccionados por la calidad, la frescura y la proximidad. En esta carta que hoy tanteamos observamos embutidos de Cal Tomás  (“Mi infancia son recuerdos de secallonas retorcidas/ pan bendecido y moratones en las rodillas”), anchoas de l’Escala, de Callol y Serrats para ser exactos, que alguien se ha tomado la molestia de abrir, desespinar y limpiar para poner con un denso aceite de oliva virgen extra sobre un pan de cristal untado de buen tomate “de penjar”, ensaladas con una ventresca de bonito muy, muy  untuosa, de las que dejan el paladar resbaladizo, grasiento y saciado, de las que gusta acompañar de tomates veraniegos y aceitunas muertas de Aragón, y algunas tentaciones más que uno puede comer en la barra junto con unas chips, unas olivitas o unas ostras y un vinito fresco y natural. 




A ambos lados de esta primera toma de contacto se sitúan las mesitas, las redondas y las alargadas, las que tienen sofá y acogen largas charlas de sobremesa, y fuera, en la terraza, las que invitan al café y la sombra. La sensación es confortable sin abrumar, porque el interiorismo va en concordancia con la norma no escrita de la discreción del lugar.  La carta no está abarrotada de novedades, ni de sugerencias, ni de nada que no sea reconocible por el comensal que busca un buen canelón con pollo rustido de pagès de la Torre d’Erbull, unas croquetas de rellenos varios, incluidas las de pollo, o una ternera de La Selvatana que suele prepararse en fricandó con senderuelas (¡Ojo al dato! El fricandó ha de contener esta seta de primavera, delicada, minúscula y tremendamente sabrosa y perfumada, y no el níscalo al que nos tienen acostumbrados) aunque ese día no llegué a saborearlo porque se lo habían acabado otros afortunados que llegaron antes. En cambio, nos esperaba ese pescadito – o marisquito- que había llegado de la lonja de Barcelona para que en tres minutos de fuego y sin una pizca de nada que no fuera sal y aceite me llevara a la boca como quien recibe la primera comunión: los ojos cerrados, la pose mística, el tiempo suspendido... Cada vez que la barca trae al El Mercader un calamar de potera, un mejillón, o unas cigalitas como las nuestras se le hace saber al respetable que un pescado ha sido pescado con respeto y que, al respecto, lo único que cabe es degustarlo sin más.




La carne incluye algún entrecot de pedigrí, verduras al grill con salvitxada, alter ego salsero del romesco en las calçotades de Valls, y alguna coca con buen pollo escabechado. Comptat i debatut, como se diría por estos lares, leyendo la carta de El Mercader de El Eixample no tardarán más de cinco minutos y otros tanto en escoger, si llega, porque no se trata de poner más, sino de poner mejor. Como los quesos de pastor- selección de cabra, oveja y vaca, como mandan los cánones- que pedimos de postre porque ambas somos muy de lácteos y de poco azúcar, aunque veo por ahí que ya hay quien degusta con parsimonia de verano un buen helado de Bodevici que, a juzgar por sus muecas, está de vicio, que los de Slow Food también saben de gulas y otros pecados.

 


Mallorca 239 (esquina Passatge Mercader)

08008 Barcelona

 

 

Abierto todos los días.

Horario de cocina: de domingo a miércoles, de 13 a 23:00 h.; jueves, viernes y sábado, de 13 a 23:30 h.

Terraza abierta durante todo el año.

Precio medio sin vino: 25 euros, aprox.