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LA TANDA: EL SABOR DE UNA BUENA CASA DE COMIDAS [ Ir a RESTAURANTES ] [ Volver ]
 

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Por Inés Butrón

Pere IV era una calle que llevaba un nombre muy ceremonioso, pero estaba triste y desangelada, desposeída de vida y gentío, de barullo comercial, de olor a comida. Las antiguas fábricas la habían abandonado y el Poblenou industrial tenía en esta arteria de paso una cara desdentada y envejecida. A medida que han ido pasando los años y el 22@ ha contagiado a los terrenos colindantes las posibilidades inversoras, la calle se ha adecentado, ensanchado, han aparecido los nuevos negocios, como los ciclistas y los árboles de ciudad, con alegría contagiosa. Después de haberla atravesado mil veces camino de mi destino final en un lento  y abarrotado autobús que atravesaba parte de Badalona y Sant Adrià, hoy me detengo en un aparentemente sencillo restaurante que yo más bien calificaría de casa de comidas en el mejor sentido de palabra: espacio reducido, buen trato, poca carta y grandes y sabrosos platos.


El chivatazo nos llega desde El Menjador de la Beckett, el espacio gastronómico que acompaña a la famosa sala teatral (siempre me ha gustado el brío cultural de este barrio). Llorenç Roca, propietario de este comedor, ha estirado un tentáculo para que, a pocos metros, aparezca un segundo local con otro cariz distinto al del simple tapeo/bocadillo post estreno. La Tanda quiere hacer una cocina más elaborada, pero despojada de la tiranía de las tendencias actuales, una culinaria sin estridencias y alejada de los circuitos mediáticos que anuncian a bombo y platillo el nombre del interiorista, el chef y las consabidas letanías del márquetin gastronómico que todos repiten como mantras vacíos de contenido. Huelga decir que la carta variará según temporada o se mantendrá lo de mayor éxito -como los macarrones con rabo de ternera guisado y deshilachado- porque el respetable así lo decida.


Poquitos platos conforman una carta que tiene un pie firme en la más suculenta cocina catalana: cazuelas de pocos elementos, pero bien armonizados, con cierto toque de cocina rústica, popular, sin amaneramiento, un punto de “rauxa” en la medieval mezcla de lo dulce y lo salado, la utilización de la fruta, fresca o seca, en compañía de carnes o de aves, y los típicos mar i muntanya. Una cocina, al fin, que espera satisfacer el paladar del comensal que se sienta en este pequeño comedor sin apabullarle ni desconcertarle, y, sobre todo, sin desplumarle.


En nuestra primera ocasión –hacía muy pocos meses que había abierto al público- nos dejamos mimar con unos entrantes tradicionales, pero bien ejecutados. 


Para empezar unas croquetas de pollo rustido que sabían a lo que tenían que saber y no a pollo desabrido y hervido, una ensaladilla con gambas, muy rica, pero con poca cantidad de mayonesa y en la que dominaba las judías verdes y los alcaparrones. Ideal para los que, como yo, quieren ensaladillas caseras, de productos frescos y poca ceremonia. 


Unos buñuelos de bacalao que me recordaron a aquellas gambas con gabardina, calamares o alcachofas que inflábamos a base de sobres de soda o chorreones de cerveza con harina y huevo. Jugosos y con un “saludito” de pimentón, vale la pena probarlos. 


Mientras tanto, damos buena cuenta de nuestro rosado ecológico del Alt Camp. Es fresco, es sedoso, es natural. 


Nos gusta incluso con una ensalada que une sardinas ahumadas, jamón e higos secos con unos tomatitos pelados muy dulces. Nos gusta esta capacidad de darle una vuelta a la cocina sencilla para que, sin dejar de ser pretenciosa, alcance el nivel gastronómico que se merece. Perfecto tras las frituras. Como también nos gustaron por dejarle intacto el punto de sedosidad que debe tener una navaja del Delta, aunque sea menuda, como en este caso.



Los guisantes con sepietas y un poquito de panceta (tocino) nos encantaron porque, una vez más, el chef Miquel Carrasco, se decantaba por la más difícil sencillez. 


Pero a mí me gustó especialmente su molleja con calamarcitos y alcaparras. Sé que en otras ocasiones la acompañan de parmentier. Dudamos mucho entre el cap i pota con albóndigas, el revuelto de trigueros, los garbanzos con butifarra negra y espinacas, pero como me resulta más difícil probar esta delicia- las mollejas, el hígado y la lengua de ternera me pirran- me tiré de cabeza a este plato de regusto provenzal. Extremadamente delicioso.


Los postres no tuvieron fuegos artificiales. No era necesario: tarta tatín con nata agria para deleitarse y repetir, y pastel de queso. Un final que nos corrobora un buen despunte para La Tanda, esa casa de comidas que está en la calle que lleva el nombre del conde que vio nacer el primer recetario europeo y al que todos conocemos por Llibre de Sent Soví.



La Tanda

Pere IV 210

Barcelona

Precio carta: 25 euros, aprox.

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