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Ronda de San Pere 70 · Barcelona · Telf. 931 31 03 93

Últimamente me muevo bastante por los bistrots, tal vez porque cree el hombre que el nombre hace a la cosa. Sin embargo, creo que este pequeño y acogedor restaurante con restos en su decoración de lo que fue un antiguo colmado bien podría haberse bautizado como bodega, taberna o casa de comidas, pero eso nos obligaría a lidiar con personas que sueltan perlas como esta:”El nombre de Casa de Comidas es cutre, casposo y viejuno. Jamás entraría a comer en un lugar así.”

 Así las cosas, y dado que el nivel cultural -incluido el gastronómico- de este país ha caído en picado y solo es posible aspirar a una mediocridad soportable, los nuevos modelos de negocios de la restauración barcelonesa -ahora llamados “conceptos”- siguen las directrices de esta nueva hornada de gourmets -ahora llamados foodies-, y resulta ser mucho más atractivo un bistrot o un bistronómico (que ni es galicismo ni es nada) que una Casa de Comidas. Aceptémoslo, no es bistrot todo lo que reluce. 


Con todo, en este lugar comí bien, y por ello y solo por ello, ahora le dedico unas líneas. Este coqueto restaurante que abrió no hace mucho en los bajos del hotel We Bistrot, entre Ronda San Pere y Passeig de San Joan, saca adelante con la ayuda inestimable de la chef Carolina (no me dijo su apellido) un menú diario de los más correctos, nutritivos, sabrosos y servidos con gusto que yo he visto últimamente.



Por 13’50 la pizarra en la calle le dice al paseante: Hace frío, ¿no? ¿Qué tal una purrusalda y una carrilera estofada, piña al ron y cafetito? ¿O, tal vez, sopa de garbanzos, caballa en escabeche con ensalada y patatitas fritas caseras y flan de coco? ¡Venga! ¿Algo más veggie, quizás? Perfecto: Marchando un arroz biryani de verduras, plato indio con profusión de especias y hierbas que jamás habrás probado pero que te da pase directo al buenísimo de los animalistas.



O quizás desvarío y las pizarras no hablan, pero sí las paredes, los sofás, las telas, el mobiliario que el tendero de este antiguo colmado dejó en el local, la vajilla de cerámica colorista y la multitud de espejos y objetos mezclados en un azar muy estudiado. Bien lo saben los interioristas, e, incluso, Juan José Millán, que escribió aquel Los Objetos nos llaman.



En este momento, sin embargo, he de decir que lo que más oigo es el rugir de mis tripas y tengo bastante frío por culpa de esta maldita humedad barcelonesa que pone en marcha los sensores de mi metálica columna.  Así que entramos y primero leemos la carta con detenimiento analizando variedad y estilo de platos, diferencias con respecto a otros restaurantes, concesiones a asesoramientos varios y algunos tics que denotan que estamos ya en las lindes del territorio turístico. De ahí que no falten ni las bravas, ni la ensaladilla, ni la tortilla de patatas, las gildas y demás platos totémicos del imaginario gastronómico del turista.



Pero nosotros vamos a intentar dejar estos “platillos para compartir “para otra ocasión y queremos ver las habilidades de Carolina, que es una mujer burgalesa, con arrestos, formada en Euskadi. Así que le pedimos unas vieiras que vienen con una mahonesa a la que se le ha añadido un gota de ají amarillo y una vinagreta con gilda, para tener ácido y picante elevado al cubo o, simplemente, para que vayas bebiendo de este Petit Bernat, ecólogico, cómo no,  afrutado, joven y ligero, como una quinceañera.


Una servidora pide brandada, que es plato de la mediterranée de la que formo parte. O le sobró desalado al bacalao o se excedieron en la leche/ nata porque me hubiera gustado un poco más intensa, sobre todo si se ha de combinar con mermelada de pimientos y caviaroli. Esto pedía a gritos, sobre su original canesú de piel de bacalao, crujiente y rugosa, potencia y fuerza.



Para mi acompañante, atún. ¡Siempre atún! Es de ideas fijas desde que se levanta hasta que se acuesta, pero al menos no ha perdido facultades gustativas y sabe cuándo un tataki de atún está bien hecho. Éste, además, llevaba una crema de alubias, suave, que no mataba la delicadeza del atún y unos gajos de naranja amarga. Plato elegante, sutil.



Yo, en cambio, probé el filete de blak Angus con verduras escalivadas. Todo bien, menos el exceso de frío de la salsa de remolacha que, ya sabemos que es tendencia y le da un maravilloso color a todo, pero helada le quita la gracia a esa suculenta carne que ha de estar muy, muy caliente para saborear bien su grasa infiltrada.



Nos ofrecieron canelón de pato con velouté (las bechameles han pasado a mejor vida) y trufa. Lo encontrarás bien si eres amante de canelones de todos tipos, aun cuando no estén recién hechos.



El postre era de nivel, la pera con anís, galanga y granizado de naranja estaría dentro de lo que en las escuelas de cocina llaman ahora “Postres de restaurante o de autor”, es decir, texturas a porrillo, poco azúcar, frutas elevadas a su enésima potencia, contraste de frío y caliente, cremas, tierras y especias. Bien por la repostera.




En resumen, a mí me encantan los bistrots, los de Lyon, los de París y los de Barcelona, pero también las Casas de Comida, que son nuestros pequeños restaurantes de barrio, esos que tantos estómagos agradecidos han acurrucado en los días de soledad y frío, casas en las que tantas mujeres como Carolina han hecho una tarea jamás reconocida que es la de dar sentido a aquello de que : Quien bien te quiera, te dará de comer.

We Bistrot
Ronda de San Pere 70
Menú: 13’50 euros
A la carta: 35 euro, aprox.